DEPARTAMENTO DE LENGUA CASTELLANA Y LITERATURA.
IES JARDÍN DE MÁLAGA


Secreto oculto
La familia Wilson prepara su puente de Halloween más esperado.
Todos hablaban en el salón para ver a qué destino iban a ir, porque no había nada planeado. Tom era el mediano de tres hermanos y no estaba muy contento, prefería quedarse en casa jugando a la play. Lisa era la hermana mayor, ella sí quería salir de casa y pasarlo bien con la familia. Jimy era el bebé, él jugaba tranquilo, aún era muy pequeño para dar su opinión. Tras varios sitios expuestos, Tom tuvo la idea de ir a la casa del lago a la que los amigos de la familia iban a ir para celebrar Halloween. Todos escuchaban atentamente, la familia tomó la decisión de ir a aquella casa.
Durante el camino a Lisa no le daba buena espina ir donde había dicho su hermano Tom, no le gustaba para nada aquel lugar, ya había escuchado antes hablar de aquel sitio. Por fin llegaron a la casa del lago, se bajaron del coche y tenían ante sus ojos una impresionante casa bastante antigua. Junto a ella había un pequeño cobertizo también un poco espeluznante.
Entraron a la casa y allí estaban esperando los amigos, con un bonito perro llamado Bob.
De repente Tom echó a correr y Lisa replicó porque Tom le iba a quitar la mejor habitación. Más tarde, todos se reunieron para comer y compartir anécdotas familiares. Tom se retiró de la reunión, quería ver cómo era el exterior de la casa e investigar por los alrededores.
Después de estar un rato en el lago, le llamó la atención el cobertizo. Se dirigió hacia él. Todo estaba sucio y abandonado y lo que más le llamó la atención del cobertizo era una caja sucia y mugrienta con unas letras que no se veían muy bien. La intentó abrir pero estaba clavada con clavos. Como no pudo abrirla rebusco entre las cosas y se encontró una palanca. Cuando consiguió abrirla encontró un muñeco de trapo muy viejo que solo tenía un ojo. Como él no sabía con lo que estaba relacionado ese muñeco lo cogió y lo tiró. ¡Era espantoso!
A la noche todos hicieron una gran fiesta de disfraces y se lo pasaron bomba. Ya era tarde y todos decidieron ir a dormir.
A media noche, Tom sintió cómo una mano agarraba fuertemente su cuello y lo intentaba asfixiar. Él se despertó atemorizado pero no encontró nada alrededor, tan solo un intenso frío recorrió su cuerpo se volvió a tapar y siguió durmiendo.
A la mañana siguiente cuando Tom bajaba las escaleras para ir a desayunar, se cruzó con el perro y casi se cae. ¡Maldito chucho me vas a tirar! Lisa que estaba muy cerca se quedó extrañada.
Después de desayunar, todos decidieron bañarse en el lago y disfrutar de aquellas maravillosas vistas. Fue un día agotador y cuando regresaron a la casa, encontraron a Bob malherido en el hall de la casa. Lisa se puso a gritar y acusó a Tom de que había sido él, los padres de Tom no se lo podían creer. Tom corrió a su habitación mientras todos comentaban lo que había ocurrido. Más tarde, cuando Tom se dirigía al baño, coincidió por las escaleras con Lisa y de repente Lisa salió rodando por las escaleras. Tom se quedó sorprendido y asustado. Los padres de Tom se dieron cuenta de que Lisa estaba en el suelo y fueron a ayudarla. Ella acusó a Tom de que la había empujado por las escaleras. Los padres desconfiaron de Tom y lo encerraron en su habitación bajo llave. Todos estaban muy tristes.
De pronto un extraño olor a humo venía del otro lado de la casa. Fueron a mirar y vieron una extraña y pequeña sombra que corría hacia ellos con un enorme cuchillo. ¡Todos huyeron! era el muñeco que Tom encontró en el cobertizo, al sacarlo de la caja volvió a cobrar vida maligna. Ahí se dieron cuenta de que Tom no había sido.
Cuando estaban en los coches, Lisa se dio cuenta de que faltaba Tom y corriendo fue a sacarlo de la habitación donde él estaba encerrado. Lisa lo abrazó y le pidió perdón, pero Tom no se podía ir sin hacer nada, así que corrió hacia el cobertizo y cuando el muñeco entró a matarlo le prendió fuego al cobertizo. Todos se montaron en los coches y salieron corriendo.
El camino fue largo y cuando llegaron a casa el padre de Tom, fue el que se encargó de sacar el equipaje. Cuando estaba terminando se encontró una caja muy sucia que ponía frágil. Pensó que era de Tom, así que se la puso en su habitación. Cuando Tom entró en su habitación reconoció la caja... era la caja del cobertizo.
Continuará...
Izan Ramos Robles, 1º ESO B
Ahogadas
Gigi no ha cambiado mucho desde aquel día, pero sus recuerdos, su arrepentimiento, nunca se irán de ella. Tiembla al pensar todo aquello que hizo mal. Siente cómo todo lo que había comido esa mañana sube hasta su garganta, provocándole arcadas. Se arrodilla frente al retrete, sintiéndose apresada por el único metro cuadrado de espacio que tenía en aquel cubículo de instituto. Antes de poder reaccionar, la puerta del cubículo se abre, y Gigi siente una presencia tras ella.
1 MES ANTES
Gigi entraba a clases sintiéndose tan bien como siempre, tanto con ella misma, como con sus amigas. Con su falda de cuero negra, su top de tirantes azul, y sus converse blancas con plataforma, iba enamorando a cada persona a la que le pasaba por al lado. Todo el mundo sabía que era muy inteligente, y “agradable”… porque realmente era agradable con quien quería y con quien le convenía en ese preciso instante.
Ese día, cuando se sentó en su pupitre, vio que ahora tenía uno al lado. Nunca había habido uno ahí. Extrañada, cogió su móvil para revisar sus redes sociales hasta que llegara el profesor. Después de dos minutos viendo las últimas tendencias en Twitter, la mesa que tenía al lado fue ocupada por una chica de pelo corto, un poco por debajo de las orejas, que vestía con ropa cómoda, sin más. Se le veía tímida, pero aun así tuvo el valor de acercarse a la mesa de Gigi para preguntarle sobre las clases.
-Hola...Soy Carolina. ¿Me podrías decir el horario, por favor? Es que aún no me lo han dado.
Gigi examinó a la chica de arriba abajo. Y simplemente le dijo que no, que ella tampoco lo había traído ese día, y giró la mirada.
Durante el resto de la mañana, Gigi no le quitó la vista de encima a Carolina. Era una chica muy apagada, que estaba intentando socializar, y que aparentemente a todo el mundo le estaba cayendo muy bien. Vino con ella y sus amigas a pasar el recreo, y ella seguía sin entender cómo sus amigas la podían haber invitado a comer con ellas. Ya nadie le preguntaba a Gigi qué había hecho ese fin de semana, cuándo podrían quedar, o cuándo podrían hacerse fotos. Ahora Carolina era el centro de atención, y eso a Gigi le producía temor. Le producía temor el no poder tener la certeza de que ella andaba en boca de todos. Le producía envidia.
En los días siguientes, las cosas no cambiaban para Gigi, y decidió que no podía seguir siendo así. En pocos días Carolina había forjado amistad con todos, salvo con ella. Gigi no le respondía a sus palabras, y ni siquiera la miraba. Pero ese día le iba a dejar claro que la persona que manejaba el cotarro en el instituto era ella.
A la hora del recreo, vio su oportunidad. Vio cómo Carolina se dirigía al baño, y decidió seguirla.
Cuando Carolina entró al retrete para hacer sus necesidades, Gigi sacó su teléfono, y abrió la cámara de Instagram. Silenciosamente, se acercó a la puerta del cubículo y la abrió de un golpe. Carolina se hallaba sentada en el retrete, cuando Gigi le tomó varias fotos y las subió a sus historias. Carolina no se lo pensó dos veces, y se levantó para ponerse su ropa interior y sus pantalones, pero ya era tarde, las fotos estaban hechas y publicadas. Corrió detrás de Gigi y pudo alcanzarla agarrando su pelo. Tiró de él, haciendo que se desestabilizara y el móvil de Gigi cayera al suelo. Antes de que la rubia volviera a estabilizarse, Carolina ya había pisado con su bota negra el Iphone de la chica con cabellos dorados, que ya tenía la pantalla rota y negra, la cual seguramente ya no podría volver a prender.
Sin pensarlo dos veces, Gigi agarró la cabeza de su enemiga, y la arrastró hasta el retrete, donde le hundió la cabeza. Carolina, cuyo ojo sangraba por el impacto que recibió contra la taza del váter, pateaba e intentaba deshacerse de las manos de Gigi, que agarraban su cabeza.
Gigi por un momento pensó y fue consciente de lo que estaba haciendo. En realidad Carolina nunca había intentado hacerle daño, ni siquiera había sido desagradable con ella, pero aun así Gigi la odiaba. Solo, y únicamente, por ser querida. Por ser más amable con los demás. La rubia soltó la cabeza de su víctima, que sacó la cabeza del retrete, tosiendo, medio ahogada y con un ojo que no paraba de sangrar. Gigi vio cómo comenzaba a chillar, y simplemente se alejó de los baños con rapidez, dejando a Carolina sola, en aquel cubículo.
Evidentemente, minutos más tarde encontraron a Carolina en aquellas horribles condiciones. Ella no mintió en ningún momento en la historia, y explicó cómo Gigi la había atacado sin motivo, de una forma extremadamente agresiva. Anterior a esto, tuvo que recibir atención médica y psicológica en el instituto, y tuvieron que ponerle un parche en el ojo derecho debido al tremendo golpe que había recibido.
Gigi fue expulsada del instituto por tan sólo una semana, puesto que sus padres eran los dueños de aquel edificio como de muchos otros. Vivía en una familia extremadamente rica y privilegiada, lo que siempre le había dado mucha libertad a hacer lo que quisiera, porque siempre iban a estar de su lado aunque no llevara razón.
Durante esa semana, todo el mundo en aquel instituto se enteró de lo sucedido, todo el mundo había visto y enviado la foto de Carolina en aquel retrete pero nadie en realidad sabía cuál era la versión real de aquella historia. Los rumores iban de boca en boca, y ninguno era cierto. Carolina empezó a ser marginada y centro de burlas para muchos, y perdió casi el 90% de la visión en su ojo derecho.
En esa misma semana, los padres de la víctima prepararon todo el papeleo para cambiarla de instituto, y así fue. Abandonó todos los amigos que había hecho y fue a comenzar su nueva vida en un instituto diferente, con gente nueva.
Gigi durante esa semana no lo pasó nada bien. Cierto es que los primeros días se sentía triunfante, ante que no hubiera habido mayores cargos contra ella, y que nadie se atreviera a decirle nada. Se sentía poderosa. Pero luego, a los días, comenzaron las pesadillas. Cuando se dirigía a su habitación para dormir, en las sombras, veía a Carolina. Cuando dormía, veía a Carolina, y cada cosa que hacía, le recordaba a ella.
Una noche tras su expulsión, Gigi estaba instalando en su nuevo teléfono todas las aplicaciones, y cuando entró a su Instagram, tenía cerca de 200 mensajes respondiendo a la foto de Carolina en aquel retrete. “¿Qué es esto?” “¡Ya verás cuando se lo pase a Adri!” “Seguro que ella te pidió que hicieras la foto para llamar la atención…” Eran alguno de estos mensajes, y tan solo tres, eran cargando en contra de Gigi. Al leer todo esto, la rubia no se sintió para nada bien. El estómago comenzó a darle vueltas, y tenía ganas de vomitar. Decidió dejar el teléfono en el escritorio, e irse a dormir. Todo aquello le atormentaba demasiado para su gusto.
En mitad de la noche, se despertó notando una presencia extraña. Fue repentino. Levantó la espalda del colchón y miró hacia los lados. En su espejo, reflejado, podía ver una silueta. Una silueta de una persona. Gigi gritó sin poder creer lo que veía, despertando a sus padres que corrieron a su habitación. Pero la puerta de Gigi estaba cerrada con pestillo. La chica, paralizada, observaba la sombra que parecía acercarse poco a poco más a ella, y que le estaba haciendo perder el aliento. Sus padres desde fuera preguntaban qué sucedía, pero ella no era capaz de responder. La sombra ya se encontraba a escasos centímetros de su cara, cuando esta sombra sacó un cubo de agua fría y se la echó a Gigi por encima. Entonces la sombra se esfumó. Y la puerta se abrió.
Los padres de Gigi fueron a por toallas, para secarla. La rubia no entendía nada. No sabía cómo explicarles a sus padres lo sucedido. Finalmente prefirió olvidar el tema y decir que había tenido una pesadilla y se había derramado agua por encima. Pero ella sabía que eso no fue así. Que hubo algo más.
.
Cuando Gigi llegó al instituto, nadie, absolutamente NADIE hablaba ya del tema. Era un tema que se había convertido en tabú. Los días discurrían con normalidad, y se acercaba la noche de Halloween. Gigi no recibió ningún otro susto más como el de aquella noche, y finalmente acabó autoconvenciéndose de que en realidad ella misma se habría echado el agua por encima mientras tenía alguna pesadilla
La noche de la fiesta de Halloween ella se sentía radiante. Estrenó su disfraz de animadora muerta, que se complementaba con los de sus amigas. Había estado toda la tarde maquillándose y preparándose y por fin llegó la noche.
Al llegar al instituto, todo el mundo quedó prendado con su disfraz y el de su grupo de amigas, y comenzó la fiesta. Bailaron y bebieron refrescos y en resumen lo pasaron en grande. En un momento de la fiesta, Gigi miró a su alrededor para ver la gente que bailaba en la pista, y vio a una chica disfrazada de pirata. Con cabellos cobrizos. Era Carolina. ¿Cómo es posible que la hubieran invitado? No podía ser real. Después de todas las pesadillas provocadas, de todo lo sucedido. Y estaba allí. La rubia se abrió paso entre la multitud para llegar a ella, que ya la observaba desde lejos. Pero su amiga Laura la paró en el camino.
-Gigi, no te vas a creer lo que ha pasado con Carolina…
Gigi iba a ponerse ya a despotricar sobre cómo tenía la decencia de presentarse en esa fiesta, de cómo se podía haber atrevido siquiera a venir. ¿Quería acaso venganza? Gigi en el fondo sabía, que lo merecía, pero ¿no le tenía ni un mínimo de miedo? Antes de poder sacar estas palabras de su boca, Laura, su amiga, le dijo
- Se ha suicidado. Mira – dice Laura enseñándole una noticia en su teléfono – Aquí dice que en su nuevo instituto también había gente que tenía...esa foto. La distribuyeron e incluso colgaron por las clases, y se metían con ella por llevar un parche. No podía más, y dice que la han encontrado muerta hace apenas 2 horas, en la residencia de estudiantes donde quiso alojarse. Pero el cuerpo llevaba muerto más tiempo... ¡Qué miedo! Pobre chica... Bueno, estará en un lugar mejor…
Gigi ya no escuchaba. Estaba en shock. Se había suicidado, por su culpa. Pero ella la había visto. Hacía dos minutos. Giró la vista hacia el lugar donde se dirigía para encontrarla, pero ya no había nadie.
-¿Gigi? - dijo su amiga al ver que no respondía y estaba muy pálida.
-Ahora vuelvo... Tengo… que ir al baño.
La rubia corrió hacia el baño, poniendo su mano en la boca para aguantar el vómito. Gigi no ha cambiado mucho desde aquel día, pero sus recuerdos, su arrepentimiento, nunca se irán de ella. Tiembla al pensar todo aquello que hizo mal. Siente cómo todo lo que había comido esa mañana sube hasta su garganta, provocándole arcadas. Se arrodilla frente al retrete, sintiéndose apresada por el único metro cuadrado de espacio que tenía en aquel cubículo de instituto. Antes de poder reaccionar, la puerta del cubículo se abre, y Gigi siente una presencia tras ella.
Gira su cabeza, y ve el oscuro pasillo que lleva hasta el baño en el que se encuentra. Allí estaba. La misma sombra que había en su habitación aquella noche. Carolina. La sombra se acercaba, poco a poco, y Gigi no sabía qué hacer, si correr, quedarse quieta, o aceptar que era su fin. La rubia solo observaba cómo la sombra disfrazada de pirata y un parche en el ojo se acercaba lentamente, estaba hipnotizada por ese movimiento lento, oscuro, que tenía. Pero, en un momento, se para. Gigi se frota los ojos para comprobar si realmente todo esto no es una visión. En ese microsegundo en el que sus ojos tapaban su cara la sombra corría a toda velocidad hacia su cubículo, dirigiéndose a ella emitiendo un sonido aterrador.
Gigi cerró la puerta del baño, y comenzó a vomitar en el retrete sin parar. Simplemente no podía aguantar aquello. Sudaba, temblaba. La puerta se abrió de nuevo, y no le dio tiempo a reaccionar a la chica cuando su cabeza se encontraba ya sumergida en el agua del retrete, ahogándose con su propio vómito, y el agua. Pataleó, pero no había fuerza suficiente para apartar a aquel ser maligno. Gigi se ahogó. Murió. En aquel retrete. No había huellas. No había nada. La chica murió en el mismo lugar, donde, inconscientemente, ella le había arrebatado la vida a Carolina. Cualquier sitio es bueno para comenzar a destrozar vidas si te lo propones. ¿No crees? Pregúntaselo a aquel retrete.
