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CUENTO DE CAPERUCITA Hecho por: Patricia del Rosario Meléndez Cruz

Había una vez una adorable niña que era querida por todo aquél que la
conociera, pero sobre todo por su abuelita, y no quedaba nada que no le
hubiera dado a la niña. Una vez le regaló una pequeña caperuza o gorrito de
un color rojo, que le quedaba tan bien que ella nunca quería usar otra cosa,
así que la empezaron a llamar Caperucita Roja.


“Ven, Caperucita Roja, aquí tengo un pastel y una botella de vino,
llévaselas en esta canasta a tu abuelita que esta enfermita y débil y esto
le ayudará.


“Buenos días, Caperucita Roja,” dijo el lobo. “Buenos días, amable
lobo.”
- “¿Adonde vas tan temprano, Caperucita Roja?”
- “A casa de mi abuelita.”
- “¿Y qué llevas en esa canasta?”
- “Pastel y vino. Ayer fue día de hornear, así que mi pobre abuelita
enferma va a tener algo bueno para fortalecerse.”
- “¿Y adonde vive tu abuelita, Caperucita Roja?”
- “Como a medio kilómetro más adentro en el bosque. Su casa está bajo
tres grandes robles, al lado de unos avellanos.


“Buenos días, Caperucita Roja,” dijo el lobo. “Buenos días, amable
lobo.”
- “¿Adonde vas tan temprano, Caperucita Roja?”
- “A casa de mi abuelita.”
- “¿Y qué llevas en esa canasta?”
- “Pastel y vino. Ayer fue día de hornear, así que mi pobre abuelita
enferma va a tener algo bueno para fortalecerse.”
- “¿Y adonde vive tu abuelita, Caperucita Roja?”
- “Como a medio kilómetro más adentro en el bosque. Su casa está bajo
tres grandes robles, al lado de unos avellanos.


“¿Quién es?” preguntó la abuelita.
“Caperucita Roja,” contestó el lobo.
“Traigo pastel y vino. Ábreme, por favor.”
- “Mueve la cerradura y abre tú,” gritó la abuelita, “estoy muy débil y no
me puedo levantar.”


El lobo movió la cerradura, abrió la puerta, y sin decir una palabra más,
se fue directo a la cama de la abuelita y de un bocado se la tragó. Y
enseguida se puso ropa de ella, se colocó un gorro, se metió en la cama
y cerró las cortinas.


Mientras tanto, Caperucita Roja se había quedado colectando flores, y
cuando vio que tenía tantas que ya no podía llevar más, se acordó de su
abuelita y se puso en camino hacia ella.


“¡Oh Dios! que incómoda me siento hoy, y otras veces que me ha
gustado tanto estar con abuelita.” Entonces gritó: “¡Buenos días!”, pero
no hubo respuesta, así que fue al dormitorio y abrió las cortinas. Allí
parecía estar la abuelita con su gorro cubriéndole toda la cara, y con
una apariencia muy extraña.
“¡!Oh, abuelita!” dijo, “qué orejas tan grandes que tienes.”
- “Es para oírte mejor, mi niña,” fue la respuesta. “Pero abuelita, qué
ojos tan grandes que tienes.”
- “Son para verte mejor, querida.”
- “Pero abuelita, qué brazos tan grandes que tienes.”
- “Para abrazarte mejor.” - “Y qué boca tan grande que tienes.”
- “Para comerte mejor.” Y no había terminado de decir lo anterior,
cuando de un salto salió de la cama y se tragó también a Caperucita
Roja.



Entonces el lobo decidió hacer una siesta y se volvió a tirar en la cama, y
una vez dormido empezó a roncar fuertemente. Un cazador que por
casualidad pasaba en ese momento por allí, escuchó los fuertes
ronquidos y pensó, ¡Cómo ronca esa viejita!
Voy a ver si necesita alguna ayuda. Entonces ingresó al dormitorio, y
cuando se acercó a la cama vio al lobo tirado allí.
“¡Así que te encuentro aquí, viejo pecador!” dijo él.”¡Hacía tiempo que
te buscaba!”
Y ya se disponía a disparar su arma contra él, cuando pensó que el lobo
podría haber devorado a la viejita y que aún podría ser salvada, por lo
que decidió no disparar. En su lugar tomó unas tijeras y empezó a cortar
el vientre del lobo durmiente.



En cuanto había hecho dos cortes, vio brillar una gorrita roja, entonces
hizo dos cortes más y la pequeña Caperucita Roja salió rapidísimo,
gritando: “¡Qué asustada que estuve, qué oscuro que está ahí dentro del
lobo!”, y enseguida salió también la abuelita, vivita, pero que casi no
podía respirar. Rápidamente, Caperucita Roja trajo muchas piedras con
las que llenaron el vientre del lobo. Y cuando el lobo despertó, quizo
correr e irse lejos, pero las piedras estaban tan pesadas que no soportó
el esfuerzo y cayó muerto.




Las tres personas se sintieron felices. El cazador le quitó la piel al lobo y
se la llevó a su casa. La abuelita comió el pastel y bebió el vino que le
trajo Caperucita Roja y se reanimó. Pero Caperucita Roja solamente
pensó:
“Mientras viva, nunca me retiraré del sendero para internarme en el
bosque, cosa que mi madre me había ya prohibido hacer.”



Fin del cuento de caperucita roja todos fuerón felices.

