Cuando Juan me vio no dudo un segundo, me cogió y me metió en una bolsa en la que me llevaría al océano seguro.
Durante el viaje no aparto su nariz de la bolsa, se quedo mirándome todo el camino viendo como nadaba.
Cuando llegamos no era como me imaginaba yo, estaba de nuevo en otra pecera como la de la tienda, y desde fuera me observaba Kitty un gato peludo que de vez en cuando intentaba alcanzarme con la pata.