Gabriel Bellomo
Y
Azul Fernández

El túnel de la escuela

El tunel de la escuela
Andrés ha vuelto a casa y era tanta la ansiedad por el reencuentro que el día anterior dibujó un plano minucioso del colegio y no le erró ni en un centímetro. Hasta ubicó en el papel dónde estaba tal o cual árbol frutal. “Esta palmera era chiquita y mire hasta dónde llega”, dice y levanta la vista, que se pierde en el cielo.
Andrés es de Saavedra, vive cerca, pero nunca había cruzado el umbral para evocar tiempos pasados. Dice que en el verano sus primos venían a jugar a la pelota. La cuadra no le resulta extraña: señala las casas por el apellido de sus antiguos dueños, habla de corralones que no están y de su escuela primaria que se mudó enfrente, a la calle Roque Pérez.
En esta escuela de paredes blancas y remotas, se gestó la leyenda de un túnel que desembocaba en el centro de la ciudad. Algunos defienden esta historia con convicción y otros la refutan. Andrés es uno de ellos. Por eso bajamos al sótano, el supuesto conducto que llevaba a los intrépidos aventureros hacia los confines de la urbe. Descendemos por una escalera empinada de madera que –según Andrés– cruje como cuando era pibe.
“No hay ningún túnel. Yo no sé de dónde salió esa historia. Yo bajé doscientas mil veces y nunca vi nada raro”, afirma.
“No, no hay nada. Ese cuento es viejo. Con los maestros de la noche buscamos el túnel en 1970. Nos volvimos locos, pero no hay ni piso ni paredes huecas”, dice Oscar con certeza. “Me parece que desde acá abajo no vamos a llegar a Plaza de Mayo como decía la leyenda”, acota Andrés con ironía, al tiempo que golpea las paredes para comprobar su solidez inalterable.
Y a este cronista –afecto a las películas de El Zorro– le corre un cosquilleo de sólo pensar en la posibilidad de que se corra el muro y aparezca el misterio mejor guardado del barrio.
Pero no, eso sólo le pasaba a Diego de la Vega.
El Hombre sin Ojos
El Hombre sin Ojos
Relatan algunos habitantes, que hace tiempo solía verse a un hombre sin párpados deambular por los vagones de la línea de ferrocarril Mitre. Numerosos testimonios daban cuenta de que siempre subía o bajaba del tren en la Estación Coghlan.
Sobre su aspecto circulaban distintas explicaciones. Según algunos, se trataba del alma de un muerto que se había suicidado arrojándose a las vías. Según otros, era un hombre de la zona que al momento de morir padecía una terrible infección ocular.
Más allá de estas discrepancias, todavía muchos vecinos del lugar buscan en el andén los ojos del hombre sin párpados, a los que se le atribuyen poderes mágicos.
¿Qué perro?
En el barrio de Villa Pueyrredón, en 1997, transitaba un perro callejero. Vivía en la calle Ladines, frente a una lavandería. La gente le daba comida, alguna sobra, un tachito con agua, etc. Estaba muy bien, sin embargo cuando llovía se mojaba y tenía frío. Pero eso no fue por mucho tiempo. Pasaron los días y un hombre que viajaba en el colectivo 107 se bajó de este, vio al perrito y automáticamente sintió un gran amor hacia ese ser.
¿Qué perro?
Era un perro mediano, con el pelo suave, largo y marrón. ¡Era tan simpático! Como al hombre le gustaban muchísimo los animales, no dudó ni un segundo y lo adoptó. Lo llevó a su casa, ubicada en la calle José León Cabezón, lo bañó y le dio comida.
Cuando los hijos y la mujer del hombre llegaron les encantó el nuevo integrante de la familia. Rápidamente se convirtió en un gran amigo de los niños y en un protector del hogar. Pasaron los años y el perro, murió, en el 2002. Meses más tarde de la muerte del perro, su ex dueño caminaba por la calle Obispo San Alberto y se encontró con un perro muy, muy parecido al que era suyo. El perro empezó a saltarle y, de alguna forma, indicó al hombre de que lo siguiera.
El hombre lo siguió.
Caminaron unas cuadras, en línea recta, y el hombre vio a una mujer medio desmayada, parecía enferma. La ayudó a levantarse y le dio un poco de agua de la botella que él tenía. Luego la mujer le dijo: —Gracias por ayudarme. ¡No sé qué me pasó! —No me des las gracias a mí —interrumpió el hombre— dale las gracias a este perro que fue quien me ayudó a encontrarte. —¿Qué perro...? El hombre miró a ambos lados, pero el perro ya no estaba.
El crecimiento de las casas
Cuenta la leyenda que hace mucho tiempo en Villa Urquiza, barrio de la ciudad de Buenos Aires, había muchos conejos; la gente aprovechaba y se los comía. Los conejos eran blancos, con los ojos de color fuego, daban la sensación de estar endiablados. Eran tan chiquitos que la gente a veces se los confundía con ratas. En el barrio, muchas personas se mudaban de casa y necesitaban espacios cada vez más amplios ya que no entraban en las casas bajas. Por lo tanto decidieron, hacer las casas más grandes y altas.
Desde ese entonces, las casas fueron creciendo cada vez más y se convirtieron en edificios. Así fue como el barrio de Villa Urquiza fue aumentado su población, y los conejitos se fueron hacia las tuberías buscando otros lugares para vivir y reproducirse: deseaban encontrar casas bajas para estar en contacto con menos gente. Los humanos ya no los comen porque consideran que hay comidas más ricas. Ahora, sólo piensan en hacerlos desaparecer.
Entonces, todo aquel que compra una casa baja en Villa Urquiza, enseguida se encuentra con los conejos que habitan esas viviendas; estos pasean por las cañerías, que están debajo de la ciudad, para que los habitantes no los vean. Al comprar las casas bajas, los vecinos intentan desratizar, pero no pueden exterminar a los conejos porque no son ratas, y terminan vendiendo las casas a muy bajo precio, porque nadie quiere comprar propiedades con esos animalitos adentro.
Los únicos que compran esas casas son las empresas que construyen edificios, ya que las personas optan vivir en pisos altos y de esa forma esos conejos de ojos rojizos no accedan a sus viviendas. En consecuencia, la gente duda antes de comprar una casa baja en Villa Urquiza, porque se comenta que en ese lugar pronto se construirá un edificio. El que quiera vivir en una casa baja, se mudará a otro barrio.
En realidad, a los vecinos actuales del barrio les cuesta creer que esos molestos conejos existan, puesto que al vivir en edificios no consiguen verlos. Sin embargo, por alguna razón las casas de Villa Urquiza siguen creciendo cada vez más y más.
TRABAJO HECHO POR:
GABRIEL BELLOMO Y AZUL FERNANDEZ
Comuna 12
Esta Comuna está integrada por los barrios de Coghlan, Saavedra, Villa Urquiza y Villa Pueyrredón.
La Ciudad se encuentra organizada en 15 Comunas que se rigen bajo la Ley 1.777 sancionada en 2005.
