AUTORES: Carmen Cañete , Manuel y José Fabián.



Érase una vez, hace mucho tiempo, una pobre familia que vivía en un pequeño pueblecito.

Cuando se acercaba la
Navidad, ellos no tenían
dinero para poder celebrarla, ni un pan para llevarse a la boca.


Por lo que el padre, para ganar dinero, decidió plantar abetos para venderlos después. Uno de los pequeños abetos quería llegar a ser árbol de navidad.

Cuando los abetos crecieron, el padre subió a la montaña a cortarlos y bajó cargado con ellos para venderlos en el mercado a los habitantes del pueblo.

Uno de esos abetos, era él. El pequeño abeto, emocionado, estaba deseando que alguien lo comprara y poder adornar el salón de cualquier humilde familia.

Cuando solo faltaban dos días para Navidad, todavía le quedaban gran parte de los abetos sin vender.
Intentaba regatear con los precios, ofertarlos o vender dos al precio de uno, pero no se vendían.

El pequeño abeto tenía miedo de acabar en una hoguera en llamas, porque él quería ser árbol de Navidad, ser adornado como uno de ellos, ver los regalos debajo de sus hojas y llevar puesta una estrella en su copa.

Finalmente, el hombre, viendo que nadie le compraba los abetos, decidió regalárselos a aquellas familias que no pudieran permitírselo económicamente.

La gente se alegró mucho ante el regalo que le había hecho el hombre. Fue un gran gesto el suyo, que alegró la vida de muchas familias en Navidad.

La noche de Navidad, cuando regresaba a su casa triste, el hombre recibió una gran sorpresa. Encima de la mesa había un pavo y al lado un abeto pequeño. Era él, por fin el pequeño abeto había conseguido ser un árbol de Navidad.

Su esposa le explicó que alguien muy generoso le había dejado eso en su puerta. Al final el pequeño abeto había cumplido su sueño.

