









Érase una vez un niño llamado Óliver, al que le gustaba bailar y no le gustaba jugar al fútbol.
Sin embargo, sus padres le dijeron que jugara al fútbol, con sus amigos.

No, gracias, el fútbol no me gusta.

Hola Óliver, ¿juegas al fútbol con nosotros?
Entonces eres una nenaza

Ese día Óliver se sintió triste, porque ningún niño de su clase le comprendía cuando decía que le gustaba bailar. Algunos niños no querían jugar con él, otros susurraban a su espalda y otros le ignoraban.








Un día sus padres fueron al colegio para hablar con el director y poder arreglar el problema.
Buscaron la siguiente solución:
El director le propuso a los padres que apuntaran a Óliver a clases de baile y al final de curso, el colegio organizaría un concurso de baile.
Óliver comenzó a asistir a clases de baile. Cada vez bailaba mejor y aprendía muchas técnicas nuevas.
Su maestra de baile le decía que cada día bailaba mejor, así que pensó que Óliver podría actuar muy pronto en el concurso de baile de su colegio, de fin de curso.
















Llegó el día de la actuación y Óliver comenzó sintiéndose nervioso, pero poco a poco se tranquilizó y bailó genial. Su actuación fue impresionante, utilizó para bailar una canción muy famosa y todo el colegio se puso a bailar.


Perdón, hemos sido malos contigo.


¡Has bailado genial!


Finalmente, Óliver consiguió lo que quería: ganarse el respeto de los demás y poder bailar con el apoyo de sus amigos.
Hay que respetar las diferentes capacidades y gustos, sin molestar a los demás.
