
Cuenta la leyenda, que hace muchos años había un pirata escondido en una de las islas más remotas del planeta, pero cansado de andar decidió ir a navegar.


Navegando, remando y con las velas soplando, acabó en unas tierras desconocidas para él...
... llamadas Extremadura.
Decidió ir a investigar porque un buen pirata no queda ningún terreno sin explorar.
Caminó y caminó y con su buen ojo un bulto divisó.












A pesar de su miedo feroz, Jacobo se las da de pirata valiente y veloz, por lo que tendría que ir a mirar si algún tesoro quería hallar.
Se acercó cauteloso con sus trenzas de la barba cada vez más enredadas, pero no tanto como el pelo de la chica que allí sentada se hallaba.
Con dos moños en lo alto de su cabeza, su falda larga que le cubría las piernas y su chal en sus hombros para que no le entrara fresquin, Jacobo pensó en aquel traje tan abombado, por el que se interesó y su curiosidad allí que lo llevó.






Cada paso que daba más sorprendido se quedaba, porque aquella chica tan exuberante era su amiga Isabel, que estaba muy entretenida escribiendo en su papel.








¡Isabel, qué alegría verte por aquí escondida!
Oh Jacobo, que ilusión verte aunque sin tu escuadrón. Estoy escribiendo una carta para mi amiga Farah.








¿Farah? Un nombre poco común.
Farah es saharaui y, ahora que lo pienso, me podrías ayudar a que mi carta llegue a su debido lugar.








Mi barco atracado está y creo que no tendremos ningún problema para llegar.
Pobre e iluso de Jacobo pensando que problemas no tendrá y esta aventura fácil no será.




Después de un largo viaje y unos cuantos potajes para reponer fuerzas para el gran abordaje, al Sáhara llegaron y la aventura empezaron.






Pero, ¿por dónde deberían empezar a buscar? ¡Menos mal que encontraron un camello por aquel lugar!





Hola, somos Isabel y Jacobo ¿nos podrías ayudar? A mi amiga Farah queremos encontrar.




Hola, soy el camello Agustín y si a Farah queréis encontrar, a mis jorobas os tendréis que montar y muy bien os tendréis que agarrar.




Deseosos por la vuelta dar, se montaron sin rechistar.




Qué movimiento, qué velocidad, Jacobo creía que iba a vomitar.




Aquí os tengo que dejar, porque por esta zona ya no me sé situar.
¡Muchas gracias por tu ayuda Agustín!
La arena se movía y había algo que sobresalía, Jacobo por valiente decidió ir a mirar e Isabel, que era astuta y vivaz, un palo decidió llevar.






Algo rojo y con aguijón de la arena salió, Jacobo ya no fue tan valiente y corrió hacía atrás como un cohete. ¡Era un escorpión!










No paráis de saltar y mi casa no para de retumbar.





Lo sentimos, señor escorpión. Estamos buscando a nuestra amiga Farah, pero no sabemos por donde andar. Nuestros nombres Isabel y Jacobo son.





Mi nombre es Aarón y si a Farah queréis encontrar, yo os puedo ayudar.
Pero… ¿con el aguijón no nos picarás, verdad?





Tranquilo pirata, de mí te puedes fiar, pero de otros corre sin mirar atrás.
Jacobo, deja el miedo y empieza a actuar. ¿Qué tenemos que hacer?





En mi casa os adentrareis, y por debajo de la arena os moveréis.




Siguieron caminando, pero de vuelta y como de costumbre ningún camino encontraron.
Por ello, a la superficie volvieron.






Una cola peluda y esponjosa, y las orejas de lo más puntiagudas de un zorro que descansaba en la poca sombra que quedaba. Con sigilo se acercaron y al unísono exclamaron:






Hola. Sentimos interrumpir tu siesta, pero tenemos que encontrar a nuestra amiga Farah.






Si no me dejáis descansar, luego no voy a tener fuerzas para cazar.






Yafar, ayuda a Jacobo y a Isabel que a su amiga quieren ver.






¿Aarón? ¡Qué alegría!, aunque tu aguijón me asusta todavía.






El mismo que viste y calza, pero tranquilo que no lo voy a usar de amenaza.






Perdonad por mi mal humor, yo soy Yafar y a vuestro destino os ayudaré a llegar. Pero para ello, una adivinanza deberéis superar.






Y sin más dilación, la adivinanza Yafar les recitó:
“Mi cuenco es el de yata, que ni se gira, ni se tapa”.






Los tres pensando se miraron, y a la vez gritaron:
Muy bien, y ahora os ayudaré.
¡La luna!




Yafar a sus nuevos amigos por un camino les guió, pero con mucho pesar... la salida no pudieron hallar.





Otro camino encontraron, pero las cortitas patas de Yafar y Aarón no llegaron.






No podemos correr más, desde aquí mi casa no puedo divisar. El resto del camino sin ayuda debéis encontrar.





Pero como no os veo muy convencidos, buscad a una avestruz llamada Amira y decid que sois amigos de Yafar.





Nuestro camino seguiremos y sin duda lo encontraremos. ¡Muchas gracias Aarón y Yafar, nunca vuestra ayuda lograremos olvidar!



Partieron y el desierto recorrieron y, después de unas horas interminables, al fin observaron un grupo de avestruces con sus cabezas… ¿dentro de la arena?



















Pues si su cabeza no van a levantar, no les queda otra que gritar.



















Pues si su cabeza no van a levantar, no les queda otra que gritar.



































AMIRAA.



















Después de aquel grito colosal, ninguna de las avestruces se dignó a mirar.



















AMIRAA.



















Pensaron que después de un segundo grito colosal, algunas de las avestruces se dignarían a mirar, pero nada y vuelta a empezar.



















AMIRAA.












Y finalmente, después de un tercer grito colosal, todas la cabeza decidieron levantar, menos una de ellas que parecía que no se quería enterar.
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