José María Arguedas
José María nació en Andahuaylas, Región Apurímac, el 18 de enero de 1911. Sus padres fueron don Víctor Manuel Arguedas Arellano y doña Victoria Altamirano Navarro. Don Víctor era abogado y José María tuvo que seguirlo por los pueblos donde su padre ejerció dicha profesión, por lo que su educación primaria lo hizo en Lucanas, Puquio y Abancay. Sobre esa etapa de su vida, Arguedas escribió lo siguiente: “Yo tuve la fortuna de pasar mi niñez en aldeas y pueblos con una muy densa población quechua. Fui quechua casi puro hasta la adolescencia. No me podré despojar quizás nunca -y esto es una limitación de la pervivencia de mi concepción primera del universo-. Para el hombre quechua monolingüe, el mundo está vivo; no hay mucha diferencia, en cuanto se es ser vivo, entre una montaña, un insecto, una piedra inmensa y el ser humano. No hay, por tanto, muchos límites entre lo maravilloso y lo real”. En Ica y Huancayo cursó la educación primaria, hasta el tercer grado. El cuarto y quinto años no los hizo en ciclos regulares y tuvo que dar examen de revalidación de ambos grados en el Colegio Nuestra Señora de La Merced, de Lima, lugar donde ya residía, en 1930. En 1931 ingresó a la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, a la Facultad de Letras, donde se graduó de bachiller el 20 de diciembre de 1957.

Este era un matrimonio joven. Vivían solos en una comunidad. El hombre tenía una vaquita. La alimentaba dándole toda clase de comida: gachas de harina o restos de jora. La criaban en la puerta de la cocina. Nunca la llevaron fuera de la casa y no se cruzó con macho alguno. Sin embargo, de repente, apareció preñada. Y parió un becerro color marfil, de piel brillante. Apenas cayó al suelo mugió enérgicamente. El becerro aprendió a seguir a su dueño; como un perro iba tras él por todas partes. Y ninguno solía caminar solo; ambos estaban juntos siempre. El becerro olvidaba su madre; sólo iba donde ella para mamar. Apenas el hombre salía de la casa, el becerro lo seguía. Cierto día, el hombre fue a la orilla de un lago a cortar leña. El becerro lo acompaño.
El hombre se puso a recoger leña en una ladera próxima al lago; hizo una carga, se echó al hombro y luego se dirigió a su casa. No se acordó de llamar al torito. Este se quedó en la orilla del lago comiendo totora que crecía en la playa. Cuando estaba arrancando la totora salió un toro negro, viejo y alto, del fondo del agua. Estaba encantado, era el demonio que tomaba esa figura. Entre ambos concertaron una pelea. El toro negro dijo al becerro.


Ahora mismo tienes que luchar conmigo. Tenemos que saber cuál de los dos tiene más poder. Si tú me vences, te salvarás; si te venzo yo, te arrastraré al fondo del lago. -Hoy mismo no –contesto el torito-. Espera que pida licencia a mi dueño, que me despida de {el. Mañana lucharemos. Vendré al amanecer. -Bien –dijo el toro viejo-. Saldré al mediodía. Si no te entro a esa hora, iré a buscarte en una litera de fuego, y te arrastraré a ti y a tu dueño. - Está bien. A la salida del sol apareceré por estos montes – contestó el torito. Así fue como se concretó la apuesta, solemnemente. Cuando el hombre llegó a su casa, su mujer le preguntó: -¿Dónde está nuestro becerrito? -¿Dónde estará?
Sólo entonces el dueño se dio cuenta que el torito no había vuelto con él. Salió de la casa a buscarlo por el camino del lago. Lo encontró en la montaña. Venía mugiendo de instante en instante. -¿Qué fue lo que hiciste? ¡Tú dueña me ha reprendido por tu culpa! Debiste regresar inmediatamente –le dijo el hombre, muy enojado. El torito contestó: -¡Ay! ¿Por qué me llevaste, dueño mío? ¡No sé qué ha de suceder! -¿Qué es lo que ha ocurrido? ¿Qué puede sucederme? – preguntó el hombre. -Hasta hoy nomás hemos caminado juntos dueño mío. Nuestro camino común se ha de acabar.
¿Por qué? ¿Por qué causa? –volvió a preguntar el hombre. -Me he encontrado con el poderoso, con mi gran señor. Mañana tengo que ir a luchar con él. Mis fuerzas no pueden alcanzar a sus fuerzas. Hoy, él tiene un gran aliento. ¡Ya no volveré! Me ha de hundir en el lago –dijo el torito. Al oír esto, el hombre lloró. Y cuando llegaron a casa, lloraron ambos, el hombre y su mujer
¡Ay mi torito! ¡Ay criatura! ¿Con qué vida, con qué alma nos has de dejar? Y de tanto llorar se quedaron dormidos. Y así, muy al amanecer, cuando aún quedaban sombras, muchas sombras, cuando aún no había luz de la aurora, se levantó el torito, y se dirigió hacia la puerta de casa de sus dueños, y les habló así: -Ya me voy. Quedaos, pues, juntos. ¡No, no! ¡No te vayas! –le contestaron llorando-. Aunque venga tu señor, tu encanto, nosotros le destrozaremos los cuernos. -Mo podréis – contesto el torito-.
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