
Hace mucho tiempo existió un rey muy sabio. Todo lo sabía, y sin haber viajado nada. Era capaz de saber qué sucedía en el reino más lejano sin haber puesto un pie allí. Así que todos le brindaban respeto y admiración.
En realidad era un rey muy campechano y normal. Solo tenía una rareza: cada mediodía, después de comer todos los manjares que le servían, cuando ya se habían retirado todos, pedía a su más fiel criado que trajera un plato cubierto con un paño blanco de la cocina. El hombre obedecía sin rechistar.
El criado no sabía qué escondía el plato. Al dejarlo en la mesa, el rey le ordenaba retirarse y solo disfrutaba él de lo que escondía el paño.
Un día el criado sintió mucha curiosidad por descubrir lo que le llevaba al rey cada día y antes de llevar el plato, paró en su habitación y levantó el paño. Entonces vio que había una serpiente blanca y probó un poco, muy poco para que no se notara…
Después llevó el plato al rey como de costumbre. Pero al volver a su habitación descubrió en la ventana a un par de gorriones que hablaban de un viaje que acababan de realizar.
– Pero… ¿por qué puedo entender lo que dicen?- se preguntó el criado.
Entonces se dio cuenta de que la serpiente blanca era mágica y ahora podía entender el idioma de los animales.
Pero ese mismo día la reina perdió su anillo más preciado. El rey le mandó llamar:
– Sé que tú tienes acceso a las joyas de la reina- le dijo- Si no encuentras al ladrón, tendré que darte a ti por culpable…
El pobre criado, que no había hecho nada, estaba atemorizado. ¿Cómo iba a descubrir al ladrón? Decidió salir al patio a tomar el aire y junto al estanque escuchó a dos patos que hablaban.
– Uff… Me siento muy pesado- le decía uno al otro.
– ¿Qué te pasa?- contestó el otro.
– Me tragué la sortija que la reina había dejado en la repisa de la ventana.
El criado agarró entonces al pato y lo llevó al cocinero.
– Corre- le dijo- cocina este pato para el mediodía y dime si encuentras algo en su estómago.
Dicho y hecho, el cocinero encontró la sortija de la reina. El rey, avergonzado por haber acusado injustamente a su criado, le dijo que le pidiera lo que quisiera.
– No quiero tierras ni riquezas- dijo el criado- Solo un caballo y algo de dinero para recorrer mundo.
Y así fue cómo el criado salió de viaje al día siguiente.
A poco de comenzar, se encontró con unos peces que habían quedado presos en una red de pescar. Estaban gritando auxilio y él, que tenía buen corazón, se acercó para liberarlos.
– Oh, muchas gracias- dijeron los peces- ¡Te lo pagaremos algún día!
Y los peces se alejaron nadando…
El criado siguió su camino y al llegar a una zona repleta de hormigas escuchó al rey de estos insectos decir:
– ¡Cuidado, que se acerca uno de estos terribles humanos con un caballo que nos pisotea sin piedad!
Al oír lo que decía, el criado se retiró a un lado del camino para pasar por el único lugar en donde no había hormigas.
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