
Dedicado a la profesora Martha Cecilia Arévalo
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Hace muchos años vivían un rey y una reina
quienes cada día decían: "¡Ah, si al menos
tuviéramos un hijo!" Pero el hijo no llegaba.

Sin embargo, una vez que la reina tomaba
un baño, una rana saltó del agua a la tierra, y
le dijo: "Tu deseo será realizado y antes de un
año, tendrás una hija."



















Lo que dijo la rana se hizo realidad, y la reina
tuvo una niña tan preciosa que el rey no podía
ocultar su gran dicha, y ordenó una fiesta.

Él no solamente invitó a sus familiares,
amigos y conocidos, sino también a un
grupo de hadas, para que ellas fueran
amables y generosas con la niña. Eran trece
estas hadas en su reino, pero solamente tenía
doce platos de oro para servir en la cena, así
que tuvo que prescindir de una de ellas.
























































La fiesta se llevó a cabo con el máximo
esplendor, y cuando llegó a su fin, las hadas
fueron obsequiando a la niña con los
mejores y más portentosos regalos que
pudieron: una le regaló la Virtud, otra la
Belleza, la siguiente Riquezas, y así todas las
demás, con todo lo que alguien pudiera desear
en el mundo.

Cuando la décimoprimera de ellas había
dado sus obsequios, entró de pronto la
décimotercera. Ella quería vengarse por no
haber sido invitada, y sin ningún aviso, y sin
mirar a nadie, gritó con voz bien fuerte: "¡La
hija del rey, cuando cumpla sus quince años,
se punzará con un huso de hilar, y caerá
muerta inmediatamente!" Y sin más decir, dio
media vuelta y abandonó el salón.




























Todos quedaron atónitos, pero la
duodécima, que aún no había anunciado su
obsequio, se puso al frente, y aunque no
podía evitar la malvada sentencia, sí podía
disminuirla, y dijo: "¡Ella no morirá, pero
entrará en un profundo sueño por cien años!"

El rey trataba por todos los medios de
evitar aquella desdicha para la joven. Dio
órdenes para que toda máquina hilandera o
huso en el reino fuera destruído. Mientras
tanto, los regalos de las otras doce hadas, se
cumplían plenamente en aquella joven. Así
ella era hermosa, modesta, de buena
naturaleza y sabia, y cuanta persona la
conocía, la llegaba a querer profundamente.








Sucedió que en el mismo día en que
cumplía sus quince años, el rey y la reina no
se encontraban en casa, y la doncella estaba
sola en palacio. Así que ella fue recorriendo
todo sitio que pudo, miraba las habitaciones y
los dormitorios como ella quiso, y al final llegó
a una vieja torre.

Ella subió por las angostas escaleras de
caracol hasta llegar a una pequeña puerta.
Una vieja llave estaba en la cerradura, y
cuando la giró, la puerta súbitamente se
abrió. En el cuarto estaba una anciana
sentada frente a un huso, muy ocupada
hilando su lino










"Buen día, señora," dijo la hija del rey, "¿Qué
haces con eso?" - "Estoy hilando," dijo la
anciana, y movió su cabeza.
"¿Qué es esa cosa que da vueltas sonando tan
lindo?" dijo la joven.

Y ella tomó el huso y quiso hilar también.
Pero nada más había tocado el huso, cuando
el mágico decreto se cumplió, y ellá se punzó
el dedo con él.

















En cuanto sintió el pinchazo, cayó sobre
una cama que estaba allí, y entró en un
profundo sueño. Y ese sueño se hizo
extensivo para todo el territorio del palacio.
El rey y la reina quienes estaban justo
llegando a casa, y habían entrado al gran
salón, quedaron dormidos, y toda la corte con
ellos.

Los caballos también se durmieron en el
establo, los perros en el césped, las palomas
en los aleros del techo, las moscas en las
paredes, incluso el fuego del hogar que bien
flameaba, quedó sin calor, la carne que se
estaba asando paró de asarse, y el cocinero
que en ese momento iba a jalarle el pelo al
joven ayudante por haber olvidado algo, lo
dejó y quedó dormido. El viento se detuvo, y
en los árboles cercanos al castillo, ni una hoja
se movía.

































































































Pero alrededor del castillo comenzó a crecer
una red de espinos, que cada año se hacían
más y más grandes, tanto que lo rodearon y
cubrieron totalmente, de modo que nada de él
se veía, ni siquiera una bandera que estaba
sobre el techo. Pero la historia de la bella
durmiente "Preciosa Rosa," que así la habían
llamado, se corrió por toda la región, de modo
que de tiempo en tiempo hijos de reyes
llegaban y trataban de atravesar el muro de
espinos queriendo alcanzar el castillo.
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