

El oso Óscar tenía un secreto muy bien guardado, jamás lo había compartido con nadie.

De solo imaginar que los demás animales llegaran a enterarse, se sentía morir de vergüenza. Pensaba que se reirían de él, que ya no querrían ser sus amigos.


Jamás se quedaba a dormir
fuera de casa, temeroso de que sus amigos descubrieran su secreto.
Por eso, cuando su amigo
Fernando le decía:
-Este fin de semana iremos a pescar. ¿Quieres venir con nosotros?.
-No, no puedo, gracias - respondía Óscar muy serio.
Tal era su miedo que, antes de irse a la cama, cerraba las puertas de su casa con llave y corría las cortinas de las ventanas. Entonces, solo entonces, sacaba el perro de peluche que tenía escondido dentro del armario. Ese era su secreto.

Aquel perro era su compañero inseparable, el guardián de sus sueños y su secreto mejor guardado. Se lo habían regalado cuando era pequeño que casi no sabía caminar, y desde entonces no se habían separado.

Pero una noche ocurrió una auténtica desgracia. Óscar tuvo un sueño muy agitado, hizo un movimiento brusco y, sin quererlo, le arrancó la cola al perro de peluche.

Óscar despertó asustado. Al ver lo que le había sucedido, se lamentó: - ¡Ay! ¡Ay! ¡Ay! ¡Ay!
Sus amigos no tardaron en presentarse en su casa para saber qué había sucedido.
- Nada, nada - mintió Óscar, escondiendo al perro malherido.

Al ver que nada había ocurrido, sus amigos respiraron tranquilos y regresaron a sus casas.
Todos, menos Milagros.
- A mi no puedes engañarme - le dijo la osa- . Vamos, cuéntame, ¿qué te ha pasado?

Óscar necesitaba hablar con alguien, pedir ayuda, pero "¿y si se ríe de mí? ¿Y si ya no quiere ser mi amiga? ¿Y si se lo cuenta a los demás animales?", pensaba.
Pero como quería curar a su perro malherido, se lo confesó a su amiga.

- Mira - le dijo, sacando al perro de peluche de su escondite-. No sé cómo curarlo.
- Pues muy fácil, ¡cosiéndolo! -dijo ella.
- ¡Oh! ¡Estaba tan asustado que ni siquiera se me había ocurrido! -confesó el oso.

Rápidamente fue en busca de una aguja e hilo. Se sentó bajo la lámpara y se pudo a coser con mucho cuidado. y, mientras lo hacía, pensaba: "Milagros no se ha reído de mi, ni siquiera le ha parecido que soy demasiado mayor para jugar con muñecos".

Eso le animó a seguir hablando.
Tras dar la última puntada, señalando al perro, comentó:
- Duerme conmigo cada noche, desde que yo era pequeño.
- ¡Oh, qué bien! -respondió Milagros.

Óscar no podía creerlo.
Tanto tiempo sufriendo por su secreto y resulta que no tenía importancia.
A su amiga le parecía la cosa más natural.
- ¡Vaya!, de haberlo sabido, no me hubiera avergonzado por ello -reconoció aliviado.

Es más, estaba decidido a no ocultarlo por más tiempo. Tanto es así que, cuando su amigo Fernando le dijo:
-Este fin de semana iremos a pescar. ¿Quieres venir con nosotros?
- ¡Claro, claro! -respondió el oso contento.

Preparó su mochila y marchó junto a sus amigos con ganas de pasarlo muy bien.
Llegaron al campamento casi al mediodía.
Tuvieron tiempo de comer, pescar, de dar un buen paseo, de charlar animados.
Y, al llegar la noche, antes de irse a dormir, Óscar sacó de la mochila a su inseparable amigo, el perro de peluche.

Entonces ocurrió lo que el oso jamás hubiera sospechado.
- ¿Nos lo prestas un rato? -le pidieron sus amigos.
En realidad, todos ellos dormían con un animal de peluche a su lado pero, temerosos de que los otros se burlaran, no se atrevieron a llevarlo.

Se los presto, pero solo un rato - dijo Óscar, con una sonrisa tan generosa que le llenó la cara.



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