Para mis amados hijos,
Que su imaginación nunca deje de volar, que su curiosidad los lleve a descubrir nuevos mundos y que siempre recuerden que juntos pueden superar cualquier desafío. Este cuento es para ustedes, para que nunca dejen de soñar, crear y creer en la magia de las historias.
Con todo mi amor,

Diego, con sus diez años y una mochila llena de curiosidad, vivía con sus hermanos Mateo y Rafael en un pequeño pueblo rodeado de montañas.
Mateo, el mayor, era un genio para construir cosas con madera y alambres.
Rafael, el más pequeño, a veces tenía dificultades para poder encontrar las palabras correctas, pero sus ojos brillaban con una inteligencia especial y entendía el mundo de una forma única.
Un día, Diego encontró un viejo mapa enrollado en el desván de su abuela. El mapa mostraba un río llamado "El Río Mormullo", del que se decía que escondía tesoros, no oro ni joyas, sino la fuente de la inspiración para todos los cuentos del mundo.
A Diego le brillaron los ojos.
¡Tenían que encontrar ese río!
—¡Vamos! —exclamó Diego, mostrándoles el mapa a sus hermanos.
Mateo, siempre práctico, frunció el ceño.
—Parece lejos —mencionó—, y el mapa está un poco roto.
Rafael asintió, señalando el mapa. Intentó decir algo, pero solo salió un:
—Ah... agua... falta.
Diego entendió: faltaba un pedazo del mapa, justo donde parecía estar la ubicación para cruzar el río.
—No importa —dijo Diego con entusiasmo—. ¡Lo resolveremos!
—Mateo, ¿puedes construir algo para poder cruzar el río si es muy profundo?
Mateo asintió, ya imaginando puentes y balsas.
Diego se volvió hacia Rafael.
Y tú, Rafael, eres el mejor observador.
—¿Podrás encontrar pistas en el camino? —preguntó Diego.
Rafael sonrió y asintió con energía.
Así, los tres hermanos emprendieron su aventura.
El camino estaba lleno de obstáculos. Primero, se encontraron con un bosque espeso donde las ramas parecían brazos que intentaban detenerlos.
Rafael, con su aguda vista, notó unas pequeñas piedras con símbolos grabados, formando una flecha que indicaba el camino correcto.
—¡Allí! —dijo, señalando las piedras con entusiasmo.
Aunque le costaba pronunciar las palabras, su gesto era inequívoco.
Luego, llegaron a un campo lleno de flores gigantes, tan altas que los tapaban por completo.
Diego sintió miedo de perderse.
Entonces, Mateo tuvo una gran idea. Usando su navaja suiza y algunas ramas, construyó una pequeña torre para que Diego pudiera ver por encima de las flores.
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FIN........
Por: Yamilet Rosa Rosa

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