

En un bosque lleno de árboles altos y flores de todos los colores, vivía una conejita llamada Luna. Era curiosa, soñadora y siempre estaba en busca de nuevas aventuras. Pero lo que más le gustaba era hacer amigos y aprender cosas nuevas cada día.
Luna tenía muchos amigos en el bosque. Le encantaba jugar con la ardilla Sofi, el pájaro Pico y el zorro Leo. Pero un día, mientras exploraba un rincón del bosque, vio a alguien que parecía estar triste.

Tomás, el erizo, estaba sentado bajo la sombra de un gran árbol, con la mirada baja y una lágrima resbalando por su hocico. Sus espinas se veían apagadas, y de vez en cuando soltaba un suspiro.
Luna, que pasaba cerca, notó su tristeza y se acercó con preocupación.
—Tomás, ¿qué te pasa? —preguntó con dulzura.
El erizo suspiró sin levantar la mirada.
—Nadie quiere jugar conmigo… Creen que mis espinas los lastimarán y prefieren alejarse.
Luna sintió tristeza por su amigo y decidió hacer algo para ayudarlo.


Luna miró a su alrededor y notó que los demás animales observaban a Tomás con cierta distancia. Algunos susurraban entre ellos, mientras otros simplemente evitaban acercarse. Poco a poco, se fueron alejando, como si temieran que sus espinas pudieran hacerles daño.
Luna frunció el ceño y sintió una punzada de tristeza en su pecho.
—No es justo —pensó, apretando suavemente sus patitas—. Tomás es un amigo maravilloso, pero los demás no le han dado la oportunidad de demostrarlo. Solo ven sus espinas y no todo lo bueno que tiene en su corazón.
Con determinación, decidió que haría algo para cambiar aquella situación.

—¡Tengo una idea! —exclamó Luna con emoción, dando un pequeño salto—Organizaremos un juego en el bosque donde todos puedan participar. Así, poco a poco, se darán cuenta de que no hay nada que temer y podrán conocerte mejor.
Tomás levantó la mirada con curiosidad.
—¿Un juego? —preguntó en voz baja.
—¡Sí! —afirmó Luna con entusiasmo—. Algo divertido, donde todos tengan que ayudarse entre sí. Así verán que tus espinas no son un problema y entenderán que lo más importante es cómo eres por dentro.
Tomás se quedó en silencio por un momento, inseguro. Nunca antes alguien había intentado hacer algo así por él. Pero al ver la mirada brillante de Luna, llena de confianza y determinación, sintió una pequeña chispa de esperanza en su interior.
—Está bien —dijo al fin, esbozando una tímida sonrisa—. ¡Hagámoslo!

Luna y Tomás organizaron una carrera de obstáculos en el bosque. Había saltos, túneles de ramas y pequeños puentes de troncos, donde todos los animales debían trabajar juntos para superarlos. En cada obstáculo, tenían que ayudarse, y fue entonces cuando Tomás demostró lo útil que podían ser sus espinas.
Cuando llegó el momento de mover una rama pesada que bloqueaba el camino, Tomás se adelantó y usó sus espinas para sostenerla, evitando que se cayera y ayudando a los demás a pasar sin problemas.
—¡Tomás nos ayuda a cargar cosas con sus espinas sin que se caigan! —dijo Sofi, la ardilla, sorprendida y emocionada.
Los demás animales miraron a Tomás con admiración, dándose cuenta de que no era peligroso, sino todo lo contrario: muy valioso para el equipo.
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