Objetivo general del cuento:
Desarrollar la inteligencia emocional en niños de 7 a 11 años, específicamente en la identificación, comprensión y manejo saludable de la frustración, fomentando la perseverancia a través de la narración de un cuento inédito y actividades creativas de expresión escrita.
Grupo etario: 7 a 11 años
Emociones a intervenir: La frustración y cómo transformarla en perseverancia, alegría, tristeza, enojo,

En un lugar mágico y escondido, más allá de los columpios y los árboles altos del parque, había un jardín muy especial y mágico.
Pero no era un jardín común, porque allí no crecían flores normales… ¡crecían los sentimientos de los niños!
Cada vez que un niño sentía algo muy fuerte, una flor nueva nacía en el jardín.
La alegría era un girasol amarillo y brillante, la tristeza una campanilla azul que miraba al suelo, y la sorpresa un tulipán que cambiaba de colores.
Almira era una niña curiosa y valiente, a quien le encantaba explorar (el mundo), tanto los que veía con sus ojos como los que sentía en su corazón .
Un día, Almira jugaba a construir la torre más alta con bloques. Pero la torre se caía una y otra vez, ¡y eso la hizo sentir muy enojada!
Su rabia crecía como una mala hierba, y en el Jardín de los Sentimientos apareció una flor roja, puntiaguda y oscura: la flor de la frustración.
Almira se sintió abrumada y con ganas de rendirse.
Un viejo y sabio jardinero, llamado El Maestro de las Emociones, notó la flor de la frustración marchitándose ligeramente.
Se acercó a la niña, quien había llegado al jardín sin darse cuenta, atraída por una mariposa de colores brillantes.
El Maestro de las Emociones se acercó a Almira y le explicó que todos los sentimientos son importantes y que cada uno tiene un mensaje para enseñarnos.
Le contó que la frustración aparece cuando las cosas no salen como esperamos y que a veces nos hace sentir muy mal, con ganas de abandonar nuestros sueños y esfuerzos.
Luego, la llevó a recorrer el jardín, mostrándole otras flores que también habían nacido de momentos difíciles:
● Una rosa con espinas fuertes, que representaba la rabia, pero que con cuidado y comprensión había florecido en una hermosa flor roja.
● Un pequeño brote que había tardado mucho en crecer, simbolizando la paciencia y la recompensa de no rendirse.
● Una enredadera que había tenido que buscar diferentes caminos para trepar, representando la flexibilidad y la búsqueda de soluciones ante los obstáculos.
El Maestro de las Emociones le enseñó a Almira que la frustración no tenía por qué ser el final.
Le explicó que, al igual que una semilla necesita agua y sol para crecer, la frustración podía transformarse en perseverancia si la comprensión y la manejaba de forma adecuada.

Le dio algunas "herramientas" para cultivar la perseverancia:
● La respiración mágica: Inhalar profundo como si oliera una flor y exhalar suavemente como si soplara una vela para calmar la agitación.
● El pensamiento semilla: Recordar un momento en el que superó algo difícil y cómo se sintió al final.
● La ayuda del jardinero amigo: Pedir ayuda a alguien de confianza cuando se sienta abrumado.
● El riego de la paciencia: Intentar las cosas de diferentes maneras y darse tiempo para lograrlo.
Almira aplicó estas herramientas cuando volvió a intentar construir su torre de bloques.
Sintió que la frustración volvió a aparecer de nuevo, pero recordó la flor roja y puntiaguda en el jardín.
Respiró profundamente, pensó en cuando aprendió a andar en bicicleta después de caerse varias veces, y pidió ayuda a su hermana para sostener una pieza difícil.
Esta vez, con paciencia y buscando soluciones, ¡la torre quedó en pie!
Al regresar al Jardín de los Sentimientos, Almira vio cómo su flor de la frustración había comenzado a abrirse, mostrando un centro de un color amarillo brillante, símbolo de la perseverancia y la satisfacción de haber superado un desafío.
Y así, Almira aprendió que los sentimientos, incluso los difíciles como la frustración, son valiosos porque nos enseñan a ser fuertes, pacientes y creativos para seguir adelante con nuestros sueños.

Al día siguiente apareció un nuevo amigo junto al Jardín de los Sentimientos, un niño llamado Mateo, con un capullo de dudas en sus manos, listo para aprender que al igual que Almira.
El también podría cultivar sus emociones y verlas florecer, y así como lo hizo Almira el también comprendió, con su flor de perseverancia brillando a su lado, que cada emoción es una semilla que, con paciencia y cuidado, florece con fuerza y confianza.
Al día siguiente, mientras el sol asomaba tímidamente entre las nubes, Mateo caminaba con paso lento por el sendero del parque.
En sus manos llevaba un pequeño capullo gris, cerrado como un puño.
Sus ojos estaban llenos de preguntas y un leve suspiro escapaba de sus labios cada vez que pensaba en el examen de matemáticas que había fallado.
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