Reflexión“El día que el gallo se volvió famoso”
Este cuento nos muestra, con humor y un toque de drama, cómo algo que parece molesto o insignificante para una persona puede ser profundamente valioso para otra.
Rogelio veía el canto del gallo como un ruido insoportable que interrumpía su descanso. En cambio, para Doña Elvira, ese mismo “ruido” era compañía, recuerdo y consuelo después de la pérdida de su esposo. Aquí aprendemos que no siempre entendemos el valor que tienen ciertas cosas en la vida de los demás hasta que vemos el impacto que causan cuando desaparecen.

“El día que el gallo se volvió famoso”
En el pequeño pueblo de San Jacinto todos se despertaban con el canto del gallo de Doña Elvira. No necesitaban reloj, ni alarma, ni vecino gritón. Solo el gallo.
El problema era que el gallo no sabía cantar.
En realidad, hacía un sonido extraño, como si estuviera
tosiendo, riéndose y llorando al mismo tiempo:
—¡Cof-cuaaa-jaaa!



Aun así, todo el pueblo ya estaba acostumbrado. Menos Rogelio.
Rogelio era el nuevo maestro de la escuela. Venía de la ciudad, donde los gallos solo existían en libros de ciencias. La primera mañana que escuchó el “canto”, se cayó de la cama creyendo que alguien estaba siendo atacado por un pato asmático.


Salió corriendo en pijama por la calle gritando:
—¡¿Dónde está la emergencia?!
Los vecinos, tranquilos, le dijeron:
—Es el gallo, maestro.
Rogelio miró el gallo y el gallo lo miró a él. Fue un momento incómodo. Muy incómodo.
Desde ese día, Rogelio odió al gallo.
Pero lo que Rogelio no sabía era que ese gallo, llamado Fermín, era el tesoro más querido de Doña Elvira.
Su esposo había fallecido hacía un año, y Fermín era el único ser que la hacía reír cada mañana.

—Al menos él no canta bonito, pero me acompaña —decía ella con una sonrisa que parecía sostenerse con esfuerzo.
Un día, Rogelio decidió que ya no podía vivir así. Compró un silbato ultrasónico por internet para “reeducar” al gallo. Según el anuncio, los animales aprendían rápido con ese método.
A las cinco de la mañana, cuando Fermín intentó cantar:
—¡Cof-cuaaa-jaaa!
Rogelio sopló el silbato.
El gallo se quedó mudo.

Rogelio sonrió triunfante y se volvió a dormir feliz por primera vez.
Pero ese día, algo raro pasó en el pueblo.
Nadie llegó temprano al trabajo.
Los niños no fueron a la escuela.
El panadero quemó el pan.
El bus salió vacío.

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