Crónica
En mi viaje a México, miré por primera vez aquel árbol alto que sobresalía entre los caminos de tierra y las haciendas. Recuerdo que caminaba bajo el sol intenso cuando vi su tronco firme y su corteza, que caía en tiras largas. Sus hojas eran largas y de un color verde grisáceo.
Cuando lo agarré, sentí que era como aterciopelado. Froté una de sus hojas entre mis manos y salió un olor fuerte y fresco que me hizo sentir que podía respirar mejor. El aroma se mezclaba con el aire cálido del camino, y por un momento me quedé observando aquel árbol con curiosidad.
Después entendí que este árbol no era propio de Yucatán, porque no tenía endemismo en esa región, pero aun así crecía fuerte allí.
Le pregunté a algunas personas del lugar y me explicaron, usando su conocimiento de etnobotánica, que el principio activo de la planta estaba en sus hojas. Me contaron que cuando las hervían, el vapor ayudaba a aliviar la tos y la fiebre. Más adelante supe que los científicos escogieron un holotipo para identificar oficialmente la planta y estudiarla mejor.
En México comenzaron a investigarla con más atención, y yo me sentí feliz de haberla encontrado en aquel camino y de pensar que ese pequeño descubrimiento podría ayudar a que se le diera un mejor uso.
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