A Luca y Joel,
mis dos seres maravillosos.

Tras una larga y calurosa travesía por el desierto, Fito el elefantito se refrescaba por fin en una pequeña charca.
Suerte que su mamá recordaba dónde se escondía aquel pequeño oasis. Con los pies en remojo, Fito empezó a recuperarse del cansancio y a dejar volar su imaginación.
Mientras sus papás le regaban con agua fresquita desde lo alto de sus trompas, Fito pensaba en lo genial que sería vivir en un lugar lleno de sombra y vegetación.
Tanta, que en vez de tener que andar sobre sus pesados pies, podría ir saltando con su trompa de rama en rama.
A esa misma hora, en la selva, Lola la mona recibía otro sonoro y doloroso cocotazo.
Y es que no había manera de tomarse un plátano tranquila: en cuanto se despistaba un momento, su travieso hermano se las ingeniaba para aparecer por sorpresa y arrearle en la cabeza.
Lola se acariciaba su recién estrenado chichón cuando se le pasó por la cabeza un pensamiento: cómo le gustaría tener una cabeza dura y resistente como un casco.
Disfrutaría de lo lindo al ver la cara de sorpresa de su hermano: ¡cuanto más fuerte lanzara los cocos, más rápido rebotarían lejos!
En ese preciso instante, en la ciudad, Tortu la tortuga llegaba como cada tarde a su cita con el semáforo en rojo. Y es que sus piernas andaban taaaaaaaan lentas que no había forma de alcanzar antes ese largo cruce que le separaba de la casa de su amiga Guita.
Mientras esperaba a que el semáforo se pusiera en verde...
... le dio por imaginar lo útil que sería tener dos piernas ágiles y veloces!!! En unos cuantos segundos podría llegar al paso con tiempo para cruzarlo tranquilamente.
Así, podría estar antes en la casa de Guita y disfrutar con ella de todos los juegos que tanto les divertían.
Mientras, en la sabana, Nora la leona lloraba desconsoladamente. Ninguno de los animales que allí habitaban quería jugar con ella. Por más que intentara explicarles que era buena y simpática, nunca tenía tiempo de convencerles. En cuanto la veían aparecer en el horizonte, salían cada uno disparados en una dirección.
¡Qué pena le daba no tener amigos!
¿Qué culpa tenía ella de tener esas garras y colmillos enormes? ¡Quizás si tuviera una melena menos salvaje los animales no se asustarían tanto al verla!
Sí, ¡sería tan sencillo hacer amigos si tuviera un aspecto más inofensivo! ¡Qué bien lo pasarían jugando al escondite por aquellos parajes! Tenía ya pensados algunos lugares donde no la encontrarían fácilmente...
En ese mismo instante, en casa de su dueño Bruno, Berto el perro se disponía a repetir su salto de pértiga. El objetivo: alcanzar los deliciosos huesos que Bruno le escondía siempre en lo más alto de la estantería.
Aún recordaba el coscorrón que se había dado el día anterior al aterrizar sobre los libros del estante inferior.
¡Lo qué daría por tener un cuello laaaargo con el que llegar a todos lados! Podría disfrutar de esos ricos huesos sin moverse del sofá.
¡Y ya no tendría que temer acabar todo pinchado con las espinas del cactus que estaba justo debajo!
En el zoo, los animales descansaban ya después de una agotadora jornada de visitas de coles, niños y adultos varios. A esa hora, todos reunidos, comentaban el día relajados.
Todos menos la pobre Maca, la jirafa, que como de costumbre tenía su cuello dolorido de mirar siempre hacia abajo...
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