Manuel L. Alonso
Tiempo de nuves negras
ilustraciones de Jesus Gaban

Mi aventura empezó como empiezan siempre las etapas interesantes de la vida como un acto de rebeldia y la ayuda de la casualidad. O tal vez deberia decir el azar.
Yo tenía once años y medio. A pesar de que ha transcurrido tanto tiempo, puedo jurar que recuerdo todos los detalles.
Era invierno, eso es lo que primero que precisar porque no carece de importancia. L a vida, en Z., era muy distinta en invierno que en verano. En verano se jugaba en la calle, había muchos amigos con los que divertirse y pelear y reconciliarse. El invierno era una estacion solitaria.
cuando salia del colegio era ya de noche y tenia que ir derecho a la casa. Merendaba por segunda vez, hacía los deberes en la cocina con un oído atento a la radio, hacía rabiar un poco a mi hermano pequeño, cenaba y a la camma. En la cama leía una y otra vez los mismos tebeos y, cuando apagaba la luz y cerraba los ojos, soñaba - nunca supe si dormido o despierto- con viajes por mar, naufragios, islas desiertas.
A la mañana siguienete, madrugón y caminata bordeando los charcos helados y pegando a las casas para protegerme del viento, que en Z era tan fuerte que podía derribar a una persona. La piel de la cara se quedaba insensible, las orejas se congelaban. El colegio no estaba cerca y el camino se hacia interminable.
El colegio. No hubiera podido decir si me gustaba o lo odiaba. Consumía en él casi todas las horas del día, y era sencillamente inevitable como la costra de un hierba, un flemón o un escalofrío. La jornada empezaba con la misa todos los días. Los chicos usábamos pantalón corto y odíabamos arrodillarnos sobre la tabla de los bancos, siempre sucia de barro seco porque algún imbécil había puesto allí el día anterior los pies. Pero estaba prohibido limpiarla. Don Gabriel decía que así, si nuestras rodillas caían sobre alguna piedrecita, hacíamos un sacrificio. Don Gabriel era el padre consejero, un cargo que nunca entendimos, y estaba claro que mandaba por lo menos tanto como el director. Todos los curas del colegio eran muy dados. Mis curas eran los más pegones de Z. Mala suerte.
Y luego las clases, interminables, que se dividían en dos categorías según el cura de turno pegase o no: las aburridas y las angustiosas. Los recreos, en los que era forzoso correr. Correr para jugar al fútbol, o correr para cumplir los castigos impuestos en clase, que consistían en dar vueltas a todo el enorme patio, tres vueltas, cinco vueltas, diez vueltas mientras los demas se divertìan.
Aunque a mì jamàs me pareciò divertido jugar al fùtbol, seguramente porque era obligatorio. En casa, por ejemplo, cuando me obligaban a comer a la fuerza, me ponia enfermo.
Y junto a los recreos, el otro buen momento del dìa: la hora de volver a casa, arrastrando los pies y las carteras ( nadie usaba mochilas entonces ), ahora yo te acompaño hasta tu calle, mejor yo voy hasta la tuya. Era el momento para la amistad, para intercambiar confidencias y planear venganzas contras enemigos comunes.
El invierno era tambien el frio de la clase, donde los dedos se quedaban amoratados y màs de uno llevaba los mocos colgando ( el cura chillaba, furioso: liempese esas velas ); el frio en casa, al desnudarse para ir a cama. Y a menudo, por la mañana, no era posible lavarse porque el agua se habìa congelado por dentro de las cañerias. O habìa que renuncias a la camisa recien lavada, porque se habìa quedado tiesa en las cuerdas como un espantapàjaros, y ponerse otra vez la camisa sucia, tiritando junto a la estufa de petròle, que olìa tan mal que era preciso abrir las ventanas cada vez que se ence0ndìa, con lo cual la casa se helaba aùn màs.
Fue uno de esos dias de frìo intenso, durante las vacaciones de navidad, cuando sucedìo.
Mi abuela se estaba muriendo. Mis padres decidieron ir a visitarla. El pueblo de mis abuelos no estaba muy lejos, pero las comunicaciones eran malas: habìa que tomar un tren de madrugada para llegar allì a la primera hora de la mañana, si no se querìapasar màs de medio dìa en el correo, el tren màs barato pero màs lento de todos.
planearon salir en la mdrugada del jueves al viernes y volver veinticuatro horas màs tarde.
Estaràs solo desde que despiertes hasta que te acuestes, durante todo el dìa dijo mi padre. Nos llevaremos a tu hermano. No vendrà nadie, pero si llamanse a la puerta no se te ocurra abrir, ¿estamos?
Mi padre era irascible. Le gustaba dar ordenes. Casi nunca me pegaba, pero una vez que lo hizo me meè en las piernas abajo de lo fuerte que me sacudiò. Y todo porque le habìa cambiado a un chico en el colegio mi caja de lapìces de colores por unos cromos. No quiso entender que yo necesitaba esos cromos para completar mi colecciòn. A veces, sencillamente, no querìa escuchar.
yo sabía por qué no me llevaban con ellos: los había oído hablar cuando se figuraban que no podía oírlos. Esperaban que la abuela se muriese de un moneto a otro y temían que me impresionarse demasiado. Yo era, según decía todo el mundo, "un chico sencible". por la forma en que lo decían, suponia que esa característica mía me iba a ocacionar muchos problemas a lo largo de mi vida y que sería mejor liberarme de ella cuanto antes. En cuanto a mi hermano, era demasiado pequeño para entender nada, al menos para entender lo que significaba la muerte.
Por otra parte, yo no quería a mi abuela, a esa abuela. Apenas la conocía. Mis padres habían conseguido que quisiera muchos a una de mis abuelas y nada a la otra. Como a todos mis amigos les ocurria exactamente lo mismo, yo pensaba entonces que eso era inevitable como una ley de vida.
- ¿te portaras bien hijo?
Mi madre me repitió aquella pregunta más de diez veces. Al final, yo ni siquiera contestaba.
- ¿has oído a tu madre?
(se enfadó mi padre la noche antes de su marcha)
- ¡pues responde!
- ¿que?
- ¡responde sí o no!
Aquello era tan abdurdo que respondí, con insolencia;
- sí o no.
Mi padre lavantó la mano para pegarme. Tenía unas manos enormes, manos de campesino con dedos cortos y gruesos, y unas uñas tan duras como los minerales que estudiabamos en el colegio.
- ¡No le pegues! ( intercedío mi madre).
¿No ves que esta nervioso?
Todos lo estábamos, pero el único que podía llevarse una bofetada era yo. Así que no lo sentí cuando se fueron.
Los oí marcharse muy temprano. O muy tarde, puesto que tenía la impresíon de que aún no había llegado a dormirme.Me quedé solo en la casa, en el viejo piso, que tenía techos altos y oscuros y un largo pasillo con puertas a los dos lados, que formaban dibujos geometricos.
Y el silencio se a poderó de la casa, un silencio que yo jamás había sentido antes.
Tuve un poco de miedo, pero no muevho, y al finalmente me dormí. Y cuando me desperté ya eran más de las nueve y por mi ventana entraba un sol tibio, tan flojo que apenas bastaba para proyectar sombras.
Me levanté. Me vestí (sin lavarme, para eso era libre) y desayúne. Puse la radio. Puse los pies encima de la mesa. Busqué un cigarro en la mesilla de mi padre, donde siempre guardaba tabaco de reserva. Lo ensendí y me puse a fumar procurando no tragar el humo. era asqueroso. Tiré la colilla por el váter y me levé las manos para que no me oliesen a tabaco.
Podía hacer cualquier cosa. Era dueño de la casa. Nadie me daría órdenes en todo el día. Era una sensacíontan deliciosa que podía oír los latidos de mi corazón golpeándome en el pecho.
La vsista al cuarto de mis padres me había dado una idea. Volví y me puse a registrarlo con cuidado, muevble por mueble sin olvidar un rincón y procurando dejar todo tal y como estaba.
Encontré un libro con dibujos de mujeres desnudas, oculto bajo un montón de sábanas. Estuve mirándolo un buen rato, pero me pesaba como con el tabaco: me daba más bien asco. Y miedo, porque no podia dejar de recordar las advertencias de los curas acerca del pecado y el infierno.
También encontré una caja de puros medio llena; los habia de distintas marcas y tamaños, porque mi padre guardaba casi siempre los que le regalaban en las bodas. Algunos parecían tan secos que tenia miedo de que se deshicieran entre los dedos. En la misma caja, no sé por qu
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