
Para todos los que les gusten las grandes historias

Cuando Egeo era Rey de Atenas, su patria padecía una gran penuria. Minos,el rey de Creta, los había vencido en una guerra y como castigo, cada año debía enviar siete doncellas y siete jóvenes para que fueran devorados en Creta por el Minotauro.





El Minotauro era un ser monstruoso, con cuerpo de hombre y cabeza de toro. Se alimentaba con carne humana. Vivía encerrado en el laberinto, complicada construcción en la que era fácil entrar pero difícil salir.

Cuando Teseo, hijo de Egeo, cumplió dieciséis años, decidió viajar el mismo a Atenas para luchar contra el Minotauro y librar del mal a Atenas. Llevó consigo la espada de su padre y marchó en una nave con velas negras con la promesa que al regresar vencedor del Minotauro, las cambiaría por velas blancas, de esa forma su padre conocería la noticia de su victoria.

Teseo y sus compañeros debieron aguardar al día siguiente para luchar con el Minotauro.
Durante la noche, la joven Ariadna, hija del rey de Creta, apareció frente a Teseo, la belleza del joven había conquistado su corazón. Le entregó un ovillo mágico y le dijo: -Ata la punta del hilo a la puerta del laberinto y conserva el ovillo en tu mano, cuando desees volver, te bastará seguir el hilo para hallar la salida.






A la hora señalada, Teseo entró en el laberinto. Desde lejos escuchó los mugidos del Minotauro. El combate duró largas horas. La bestia arremetía contra el joven clavándole sus cuernos y empujándole con fuerza sobrehumana. Teseo resistió sus embates. Cuando logró separarse del monstruo, tomó fuerzas, se lanzó sobre su adversario y le atravesó el corazón. El Minotauro cay´ó muerto. Teseo siguió el hilo de Ariadna para hallar el camino de regreso.



Los jóvenes y las doncellas atenienses que se habían librado de una terrible muerte abrazaron a Teseo en la puerta del laberinto. Sigilosamente, subieron a bordo de su nave y esa misma noche huyeron hacia Atenas, sin dejar de festejar la victoria sobre el Minotauro.



La alegría hizo que Teseo olvidara la promesa que había hecho a su padre. La nave avanzaba hacia Atenas con las velas negras al viento. Desde lo alto de la ciudad Egeo las divisó. Su corazón se estremeció de dolor al pensar que su amado hijo había muerto en Creta. Sin poder soportar la pena. Egeo se arrojó al mar, a ese mar que baña las costas de Grecia, y que, desde entonces, lleva su nombre.

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