










Una mañana cuando la luz del sol alumbraba fuertemente la habitación de Rasu Ñiti, tanto así que se lograba ver dentro de la habitación como las hormigas subían por la corteza de un árbol, el danzante Rasu Ñiti sintió que ya era el momento.
—Mi corazón está listo. El mundo me llama. Oigo la cascada de Saño. ¡Estoy listo! Dijo el danzante “Rasu-Ñiti”.









Rasu-Ñiti estaba tan emocionado que corrió hacia su armario y buscó sus pantalones, su pañuelo, su sombrero, sus zapatillas y su demás vestimenta, pero...no nos olvidemos de sus queridas tijeras.
Ahora sí estoy perfecto, ¡qué guapo me veo! - exclamó Rasu-Ñiti al terminar de cambiarse.













En la cocina, la esposa de Rasu-Ñiti y sus hijas estaban desgranando maíz muy tranquilas, pero de pronto escucharon a Rasu-Ñiti moviendo sus tijeras, se asustaron y sintieron que el momento había llegado.

¡Niñas, vayan por Lurucha y don Pascual...rápido!


La esposa de Rasu-Ñiti subió a ver a su esposo mientras que sus hijas salían a llamar a los amigos de su padre. Él comenzó a preguntarle si veía al wamani sobre su cabeza.

Sí lo veo, es un condor pequeño de color gris, en la espalda lleva una mancha blanca que bota fuego!
Así es. Voy a irme ¡Anda tú a bajar los tipis de maíz del corredor! ¡Anda!

















Rasu-Ñiti junto a su familia estaban esperando a Lurucha y a don Pascual, cuando de pronto Rasu-Ñiti comenzó a mover sus tijeras.
Hijas, escuchen y no tengan miedo, el wamani está chocando las tijeras, tu padre solo lo está obedeciendo.

Cada danzante tiene su propio estilo para tocar, pues está guiado por la orquesta o por el espíritu que lo protege, la fuerza que este tenga depende de quien viva dentro del danzante.
Su padre es hijo de la montaña, es por eso que su espíritu es un cóndor gris cuya espalda blanca estaba en la montaña.







Cuando llegaron, Lurucha y don Pascual, comenzaron a tocar sus instrumentos para que Rasu-Ñiti bailara sin parar. Detrás de ellos se encontraba Atok Sayku, discípulo del danzante Razu-Ñiti, quien miraba asombrado a su maestro.
¡El Wamani está aleteando grande; está aleteando! —dijo “Atok’ sayku”,
¡Ya estoy por llegar!- mencionó con tono agotado y sonó más fuerte las tijeras.







Por mucho bailar, las piernas de Rasu-Ñiti se paralizaron, haciendo que se cayera, se hechó y siguió moviendo con fuerza las tijeras y a moverla cabeza.
— ¡El Wamani está ya sobre el corazón! —exclamó “Atok’ sayku”, mirando.
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