Abel, el niño que no sabía leerPor Milagros M. Marttoglio
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Había una vez... en la lejana ciudad de
Fuerte Esperanza, un niño llamado Abel, de
tan sólo 10 años. Abel era generoso, muy
humilde y cariñoso. Pero, no era como los
demás niños de la ciudad...





Mientras que los otros niños iban a la escuela y
jugaban con sus amigos, Abel tenía que hacer
cosas que no eran acordes a su edad.
Cuando él tenía 6 años, su madre se fue de la casa
porque ya estaba cansada de seguir en la pobreza,
y no regresó nunca.
Desde ese momento, su padre tuvo que trabajar
muchísimas más horas. Y Abel, en muchas
ocasiones, lo acompañaba y trabajaba junto a él.
Además, tenía que hacerse cargo de sus
hermanitas de 3 y 5 años; por lo que, tenía que
estar muy atento para que no les pasara nada.



Un día, mientras estaba en la calle, un
hombre le pidió que entregara una caja,
dejándole la dirección escrita en un papel
pegado a la misma, y diciéndole que le iba a
pagar. Como él necesitaba el dinero, aceptó la
propuesta, pero se encontró con un
problema... no sabía leer lo que estaba escrito.
Desde ese instante, se empezó a preocupar y
a sentir curiosidad sobre cómo se podía
aprender a leer.










Días después, como seguía con su
preocupación, decidió observar a unos niños
que siempre solían juntarse a leer en una plaza.
Ellos, al darse cuenta de que los estaba
observando, se acercan y le ofrecen leer uno de los
libros que tenían.
-Gracias, pero yo no sé leer. - dijo Abel.
-¿Por qué no? - preguntó uno de los niños.
-¿Acaso no vas a la escuela? - preguntó otro.
-No, nunca fui. - contestó inocentemente Abel.
-¡Sos un vago entonces! - dijo una niña.
-No, vago no. ¡Burro, mejor dicho! - comentó el
más grande. Todos comenzaron a reírse
fuertemente, y a burlarse de Abel.




Se fue de la plaza corriendo, sintiéndose
humillado y muy triste.
Camino a su casa, pasó al frente de una
escuela, y se quedó viendo desde afuera, a
través de las ventanas, a niños de su edad que
estaban muy concentrados leyendo.
Se puso más triste todavía al ver esto,
porque él sentía la necesidad de ir a
educarse. Pensó en que yendo a la escuela,
él podría aprender a leer y así no tendría más
problemas, ni tampoco niños a su alrededor
burlándose de él.











Llegó a su hogar con los ojos llorosos. Su padre,
que estaba en la cocina, notó su tristeza.
-Hijo, ¿qué te pasa? - preguntó.
-Estoy muy triste. - contestó Abel.
-¿Por qué, hijo?. - volvió a preguntar el padre.
-Porque quiero ir a la escuela, quiero aprender a
leer y ser como los otros. - dijo el niño.
-Sabés que eso es imposible. No hay dinero
para ir a la escuela. Aparte tenés que ayudar a
tus hermanas, y a mí en el trabajo; por eso
tenés que estar acá en casa. Asique va a ser
mejor que te saques esa idea de la cabeza.- dijo
un poco molesto el padre.
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