"La solidaridad es una fuerza que nos conecta más allá de nuestras diferencias. Para aquellos que la manifiestan, es un acto de empatía y compasión que enriquece tanto al que da como al que recibe. Es un recordatorio de nuestra humanidad compartida y la capacidad de hacer una diferencia positiva en la vida de los demás.
Para aquellos que la niegan o la pasan por alto, es importante recordar que la solidaridad no solo beneficia a quienes la reciben, sino que también enriquece nuestras propias vidas. Al extendernos hacia los demás, cultivamos un sentido de comunidad y pertenencia que trasciende el individualismo y fortalece los lazos sociales. Negar la solidaridad es perder la oportunidad de crecer como individuos y como sociedad.

Había una vez, en una hermosa selva vivía una rana muy bonita, alegre y querida por toda la comunidad.

Un día, muy temprano salió la ranita a pasear, saltando y saltando, muy alegremente se retiró de su casa, y sin darse cuenta cayó en un profundo hueco.

La ranita, intento salir del hueco y, después de varios intentos no lo pudo lograr, entonces decidió pedir ayuda, cuando sentía que algún animal se acercaba, gritaba con desespero: - ¡auxilio, sáquenme de aquí!

El primero en asomarse fue don conejo y le dijo: - lo siento, voy de prisa; después apareció una paloma y le dijo: - tú eres muy fea, no mereces ayuda. Así llegó doña iguana, don zorro, cada uno tenía una excusa y no ayudaban a la indefensa ranita.

Al día siguiente, más desesperada aún, la ranita angustiada gritaba: - ¡ayúdame por favor! Después de tanto pedir ayuda, su clamor fue escuchado por una decena de hormigas arrieras, la ranita alarmada les dijo:

- ¿ustedes si pueden ayudarme? - ¡Cómo no querida rana! no has oído aquel dicho que dice: “la unión hace la fuerza” no pongas en duda nuestras capacidades, te sacaremos de aquí, respondieron emocionadas las hormigas.

Pasado un rato, la rana había sido sacada de aquel profundo hueco. Muy agradecida con las hormigas, la ranita se despidió de ellas y se devolvió a casa.

Muy alegre, saltaba ranita por aquellos senderos, de repente escuchó una voz de auxilio, se alarmó y quiso darse cuenta que era, don conejo estaba cautivo en la trampa de un cazador, la ranita lo ayudó y don conejo le agradeció marchando muy de prisa.

La ranita siguió su andar, otra vez escuchó una voz de auxilio que decía: - ¡ayúdame por favor! Era doña paloma, había quedado enredada en unas matas de púa, la ranita, muy solidaria ayudó a la desdichada paloma; que al sentirse liberada alzó su vuelo a lo alto, diciendo: - gracias.

Llegando a su casa, volvió a sentir otra voz que clamaba por ayuda, allí, en una jaula estaba doña iguana y don zorro atrapados. Ranita los liberó, estos vertebrados salieron despavoridos, agradeciendo la labor de ranita.

Ranita, muy contenta volvió a casa, al llegar le dijo a su mamá: - estoy feliz, he ayudado a muchos amigos, ahora te diré algo: - ¡ayúdame por favor!

¿A qué quieres que te ayude? - Preguntó la mamá de ranita, a lo que respondió ranita: - ¡ayúdame por favor! Ayúdame a ayudar.

EL ABRIGO MÁGICO
En un hermoso lugar, vivía doña osa con sus dos oseznos: Pipo y Pepo, mamá osa se desvivía por sus dos crías, pero tenía un problema.

Pipo, el hijo mayor era creído, grosero y orgulloso, caso contrario, era Pepo, su hermano menor; era un oso noble, solidario y amigable.

Un día cualquiera, Pipo salió de casa después de haber discutido con su mamá y su hermano; Pipo siempre quiso las mejores presas y, su mamá le quería hacer entender que así no eran las cosas, algo que a Pipo no le gustaba.

En medio de su rabieta, sin saber a dónde iba y sin darse cuenta, Pipo se había perdido, al percatarse de tal situación lo invadió el desespero. Decidió entonces, descansar al pie de un frondoso árbol, allí también descansara un venerable anciano.

Pipo, al verlo lo gritó: - oye despierta, quiero hacerte una pregunta; aquel anciano, ante tal estruendo pegó un salto y lleno de miedo preguntó: - ¿Quién eres, por qué me gritas de esa forma?

El oso, muy orgullosamente le respondió: - soy el amo de este lugar, ¿no me vez? ¿Quiero que me digas dónde estoy? El anciano muy calmado le dijo: - así no se piden las cosas, hay que pedirlas amablemente, y todo se te concederá.

-Yo no tengo porque hacer eso, - refutó el presumido oso, entonces, el anciano perdió su valiosa paciencia y, en un acto de magia lanzó al prepotente oso por los aires, aquel peludo animal, cayó tan lejos que se perdió más de lo que estaba.

Tres días después, Pepo, aquel animal noble, amigable y solidario, no soportó más el sufrimiento de su mamá, entonces decidió salir en busca de su hermano.

Después de varias horas de búsqueda, Pepo un poco cansado, llegó al mismo árbol donde su hermano quiso descansar, allí estaba el anciano; Pepo, al verlo, muy amablemente le preguntó: - Señor, ¿ha visto usted a mi hermano?

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