
A conquista romana do Noroeste de Hispania, iniciada por Décimo Xuño Bruto (O Galaico) no ano 137 a.C. e rematada cas Guerras Cántabras no século I a.C., supón a submisión a Roma dos pobos que habitaban dende a actual Galicia ata o País Vasco.
Nun primeiro momento este territorio intégrase na provincia de Lusitania, pouco despois na Hispania Citerior e, finalmente, Diocleciano no ano 305 converte a Gallaecia en provincia independente abarcando dende o Cantábrico ata o Douro e dende o Atlántico ata o Sistema Ibérico.
Despois da conquista, iníciase un progresivo proceso de romanización no que os elementos do mundo castrexo se van mesturando cos romanos ata conformar unha cultura galaico-romana. O proceso romanizador supón a organización do territorio mediante unha serie de reformas e cambios nas bases económicas e no hábitat que son definitivas na conformación da historia de Galicia.
Ademais, vaise impoñendo o latín como lingua universal e introdúcense novas formas relixiosas que rematarán co cristianismo. A invasión dos pobos xermánicos abre as portas á Idade Media.
Nun marco de crise do Imperio romano, chegan os suevos a Hispania procedentes do Norte de Europa no ano 406. Trala firma dun pacto co emperador que lles permite asentarse na parte occidental de Gallaecia, establecen a capital do seu reino en Braga.
Os primeiros anos manteñen unha actitude pacífica e intégranse progresivamente na sociedade galaico-romana. No ano 429 inician unha política expansionista que remata coa súa derrota polos visigodos na batalla do Órbigo. A partir de entón, o reino suevo entra na órbita visigoda perdendo definitivamente a súa independencia no ano 585 sendo rei Leovixildo.
La Hispania Citerior y la Hispania Ulterior
En el año 197 a.C. se crearon dos provincias, Hispania Citerior (con capital en Tarraco, comprendía desde el Valle del Ebro y el litoral mediterráneo) e Hispania Ulterior (con capital en Corduba, el Valle del Guadalquivir). Las provincias se encomendaban cada una a un pretor, que ejercía de gobernador provincial.
Tras un intenso proceso de romanización y con la conquista efectiva de la mayor parte de la Península, César Augusto aprovechó su estancia en Tarraco en el invierno del 27-26 a.C. para reorganizar de nuevo la vieja división de la Península.
La división de la Hispania Citerior
El nuevo emperador decidió dividir definitivamente Hispania en tres circunscripciones, tres provincias llamadas Ulterior Baetica, Ulterior Lusitania y la Hispania Citerior.
HIPANIA PRERROMANA E HISPANIA ROMANA
La península Ibérica fue ocupada en origen por pueblos de distintas procedencias que no llevaron a cabo ninguna división administrativa.
No se trataba por tanto de una organización territorial, sino de una serie de pueblos asentados en diferentes territorios, sin una organización del territorio específica ni diferencial.
La historiografía tradicional ha identificado a los pueblos indígenas prerromanos de la península ibérica con las categorías “iberos y celtas“. Aunque obsoleta en cuanto a determinados extremos que se han demostrado erróneos, la clasificación sigue teniendo validez genérica.
Las sociedades ibéricas se organizaban en tribus agrupadas en torno a familias poderosas lideradas por un régulo, príncipe o jefe militar. Junto a la aristocracia militar y propietaria, convivían campesinos y artesanos vinculados a ésta por lazos de dependencia económica.
Los celtas se establecen en el centro y norte de la península procedentes de centroeuropa hacia el 1200 a.C. Lo hacen como clanes guerreros organizados gentiliciamente. Existía entre ellos una fuerte jerarquización social y económica en torno a la función militar.
Durante el I milenio a. C. se produjo un intenso contacto, especialmente en el este y sur peninsular, entre los pueblos “autóctonos” y los colonizadores históricos provenientes del Mediterráneo oriental. Se trató fundamentalmente de fenicios, griegos y cartagineses.
El primer pueblo mediterráneo en aparecer en la península fueron los fenicios. Lo hicieron hacia el S. VIII a.C. Con su llegada introdujeron técnicas metalúrgicas y de alfarería que contribuyeron al surgimiento de la cultura tartésica.
Tartessos fue un reino del suroeste peninsular surgido de la síntesis de las culturas autóctonas y la de los colonizadores mediterráneos (griegos y fenicios). Su riqueza estaba en el control de los yacimientos minerales y su auge se produjo en el S. VII y parte del VI a.C., hasta que los cartagineses arrasaron los asentamientos urbanos de Tartessos.
Durante el S. VI a.c., los foceos fundaron colonias en el norte del mediterráneo occidental. Posteriormente, los cartagineses comenzaron su expansión por la península fundando diversas colonias.
Ni la colonización griega ni la fenicia trasladaron a la península sus instituciones político-administrativas ni su ordenamiento jurídico. Se limitaban a fundar factorías con fines económicos y reclutar mercenarios.
Los romanos realizaron diversas divisiones de la península Ibérica a lo largo de la historia de su Imperio. La primera organización político-administrativa del territorio peninsular se remonta a los comienzos del siglo II a.C.
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