
Con la caída del Imperio romano, en el siglo V, los visigodos ocuparon la mayor parte de la Península. Mantuvieron la división administrativa provincial romana bajo el nombre de “ducados”. Incluso crearon nuevos ducados como el de Asturias y Cantabria y la provincia de Celtiberia y Carpetania.
Así, la Hispania visigoda puede considerarse en muchos sentidos una prolongación de la Hispania romana. No hay que olvidar que los visigodos constituían una minoría asentada entre una inmensa mayoría de población hispanorromana a la que debían gobernar.
La organización de los ducados visigodos
Siguiendo a Manuel Torres López, estudioso del derecho y las instituciones visigóticas, las divisiones administrativas se agrupaban en dos. Por un lado, se encontraban las provincias del tipo “ducado”, que coincidían con las antiguas provincias romanas.
Al frente se colocaba a un dux (nombrado de entre los grandes magnates). Tenía atribuciones militares y de administración de justicia, con varios condes (comes) bajo su autoridad.
Los condados visigodos
Los conflictos bélicos con los pueblos del norte debieron justificar una frontera militar alrededor de la cual surgiría una provincia o territorio militar en Cantabria. Otra provincia fue la Asturiense acabando el S.VII.
Por otro lado estaban las provincias del tipo “condados” procedentes de los territoria o terrenos circundantes a las ciudades. Integraban varias fincas rústicas que con el tiempo se independizan de las mismas.
Al frente estaba un ‘comes territorii’ o ‘comes civitatis’. Eran por tanto territorios dentro de las provinciasducados, compuestos por latifundios de la Corona o los particulares.
La organización territorial de al-Ándalus
Tras la conquista musulmana de la península ibérica en 711, la conocida como al-Ándalus pasó por varias etapas. Primero se integró en la provincia norteafricana del Califato Omeya. Más tarde se convertiría en el Emirato de Córdoba y después, con Abd al-Rahman III, en el Califato de Córdoba.
Sobre la organización territorial de al-Ándalus, desde su conquista hasta Abd al-Rahman III, las fuentes escritas no hablan claro. No se sabe si perduró la antigua distribución territorial hispano-visigoda o sólo subsistió su estructura administrativa.
Los yund-s (distritos militares) son una de las primeras referencias que tenemos de la distribución territorial andalusí. Se pueden diferenciar hasta seis yund-s diferentes en la actual Andalucía.
Desde Abd al-Rahman I, cuando comenzó verdaderamente a organizarse el territorio, al-Ándalus quedó distribuida en dos grandes unidades geográficas. La primera era la era la kura, la división administrativa básica.
Su término geográfico podía coincidir con las antiguas diócesis o condados visigodos.
Otra unidad territorial era el tagr, una marca fronteriza con los Reinos cristianos del norte. Se pudieron diferenciar al menos tres en época califal. Se trata de al-tagr al-aqsa (frontera Superior o Marca de Zaragoza), al-tagr al-wasat (frontera Media o Marca de Toledo) y al-tagr al-Adna (Marca Inferior, en la actual Extremadura).
Al frente de las taifas se colocaba a un jefe militar. Gozaba de poder e independencia, lo que supuso en algunas ocasiones que estos gobernadores llegasen a oponer resistencia al gobierno central. Incluso en llegaron a declararse independientes.
Con la disolución del Califato de Córdoba en 1031, el territorio se dividió en los primeros reinos de taifas, período al que sucedió la efímera etapa de los almorávides, los segundos reinos de taifas, la etapa de los almohades y los terceros reinos de taifas.
Más tarde, según el poder del Emirato de Córdoba iba decayendo, las coras se independizaron, creándose los reinos de taifas.
Con la llegada y ocupación de los almorávides se mantuvo la división territorial en kuwar y se respetaron sus funciones político-administrativas. Es lo que se desprende del testimonio del geógrafo hispanomusulmán al-Idrisi.
Con los almohades, se trasladó la capital a Sevilla y, según el geógrafo Ibn Said al-Maghribi, se dividió el territorio en los reinos de Córdoba, Sevilla, Málaga, Jaén, Granada y Almería. También reordenaron y fortificaron el territorio para defenderse de la amenaza cristiana.
La organización territorial de los reinos cristianos
La conocida como “Reconquista” es el periodo histórico que corre paralelo a la presencia de los munsulmanes en la península Ibérica. Duró casi ochocientos años, desde la Batalla de Covadonga en 722 a la Toma de Granada en 1492.
Así, los reinos cristianos fueron adquiriendo su forma en torno a lo que terminaron por ser cuatro cinco grandes núcleos en el siglo XII. El Reino de Portugal (ya independiente desde 1143), el Reino de León (que se uniría posteriormente a Castilla), el Reino de Castilla, el Reino de Navarra y el Reino de Aragón.
Los primeros esquemas de organización territorial en los núcleos políticos de la reconquista se redujeron a la creación de pequeños distritos militares. El proceso de territorialización en todos los reinos fue confuso debido a la existencia de señoríos que contaban con su propia organización.
Hasta el S. XII el territorio de la “España” (entendida como una unidad para simplificar) cristiana se ordenó de manera general mediante condados (comitatus) de extensión variable, con diversas particularidades.
Así, en Asturias-León aparecieron pronto las mandaciones de límites inseguros, que en algunos casos coincidían con comarcas naturales. Sus encargados (mandans) actuaban en nombre del rey. Posteriormente se empezó a hablar de condes que contaban con una dignidad personal superior, aunque no ligada siempre al gobierno de un condado.
Castilla fue en origen un condado al sur del reino astur-leonés, con numerosas fortalezas, y que arrancó su historia como reino en el siglo XI.
En los núcleos del Pirineo oriental, la influencia del Imperio Carolingio y sus esquemas feudales explican la temprana organización del territorio en condados. Allí los condes tenían delegados pero no se delimitaron claramente distritos en cada condado.
Posteriormente, en Aragón y Navarra las demarcaciones encomendadas a los magnates fueron conocidas como honores y su gobierno conferido en beneficio.
En Castilla, en la Baja Edad Media, el territorio seguía ordenado en los condados o tenencias, a cuyo frente el rey situaba como tenente a un noble. A lo largo de los siglos XII y XIII se consolidaron los reinos cristianos de la Península Ibérica.
Llegaron a conquistar la mayoría de los reinos musulmanes con la excepción de Granada. En el siglo XIII se produjo también la unión definitiva de los reinos de Castilla y de León bajo el nombre de la Corona de Castilla.
En Castilla y Navarra aparecieron las merindades. Esta figura experimentó un importante incremento de funciones. Concretamente, en Navarra, las merindades se crean en el siglo XIII bajo el reinado de Teobaldo II (1253-1270).
De este modo, el territorio del reino de Navarra queda dividido en cuatro merindades más la tierra de Ultrapuertos que no se configuró como tal. A su vez el Valle era una confederación de aldeas y villas bajo la autoridad de uno o varios bayles menores a las órdenes del Merino.
En el lado castellano, también en el siglo XIII, durante el reinado de Fernando III, se instituyó la figura del merino mayor. Los territorios comprendidos por los reinos de León, Castilla y Galicia (unidos por la corona), al que posteriormente se añadió Murcia, quedaron ordenados en cuatro grandes circunscripciones territoriales o distritos.
Alfonso X comenzó a poner al frente de los territorios reconquistados o adelantamientos a un adelantado de la frontera y posteriormente un adelantado mayor. Los adelantados mayores fueron delegados del rey que rigieron los distritos fronterizos con amplias competencias gubernativas, judiciales, militares y económicas.
A partir de 1230 ya hay merinos mayores en los reinos de León y Castilla, a los que Femando III añade otro en Galicia y Alfonso X otro mas en Murcia, en 1252, a la par que crea, al año siguiente, el Adelantamiento Mayor de la Frontera o Andalucia.
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